Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 16 de enero de 2018

Memoria

He sido defensor de que Medellín no disimule la tragedia que vivió con el narcotráfico, esa que la llevó a ser la ciudad más violenta del mundo. Claro, no es para nada agradable recordar la connivencia entre el narcotráfico y una sociedad doblegada bien fuera por el miedo o por la ambición, que derivó en la cultura de los ventajosos, del dinero fácil, como lo muestra la película Sumas y Restas de Víctor Gaviria.

Consecuencia de eso, hoy convivimos con un montón de estereotipos -el traqueto, la grilla, el chirrete, el pirobo, la perra, el pillo, la bendecida y afortunada-, a los que muchos jóvenes aspiran llegar, porque el primo es así, porque el tío es mero duro, porque el parcero está haciendo billete en forma. Las secuelas de Escobar crearon una distorsión ética que perpetúa esa narcoidiosincrasia que nació en aquella nefasta época.

El 29 de diciembre del año pasado, se conoció una foto en la que tres mujeres contratistas de la Alcaldía de Medellín posan inocentemente con una llamada figura pública, como si se estuvieran tomando una foto con Carlos Vives. Esa “figura pública” era alias Popeye, aquel jefe de sicarios de Pablo Escobar que hoy se las da de youtuber y de converso arrepentido, después de más de 20 años de cárcel. Cosa que pocos creen.

No pasó mucho tiempo para que las mujeres recibieran vía Twitter un regaño público del alcalde Federico Gutiérrez. La gente esperaba que les cancelaran el contrato como un acto mínimo. Sin embargo, el mismo mandatario hizo algo de admirar: llevó a Valentina, Tatiana y Liliana a recorrer el Museo Casa de la Memoria, donde pudieron ver una exposición sobre la violencia en los 70, 80 y 90 del siglo pasado y comprendieran la real dimensión de lo que hicieron el tipo con el que les pareció muy bacano tomarse fotos, su jefe Escobar, y sus amiguis. “¿Qué gano yo con que ellas se vayan y luego lleguen otras tres mujeres u hombres y se tomen de nuevo la fotografía con Popeye o con otros referentes de la ilegalidad?”, dijo. Tiene toda la razón.

Quienes creyeron que hizo un show mediático se equivocan. Si así lo pensaron, quizá hacen parte del tipo de ciudadanos que disimulan el pasado y no se dan cuenta de que al lado tienen algo que, por mínimo que sea, lo trae a colación. No nos digamos mentiras, en la ciudad aún se respira ese aire frío del legado de Escobar y del narcotráfico y tristemente muchos se han resfriado con él.

Lo que hizo Gutiérrez deja un mensaje claro: la memoria colectiva no es un juego. Creer que evolución de Medellín son unas escaleras eléctricas en la comuna 13, un tranvía y el edificio de Ruta N, pues es tener una visión cosmética que ignora las complejidades causadas por el arraigo mafioso. Por eso, dejan mucho que desear tantos fotopaseos a los símbolos de la transformación, donde la gente se queda con lo bonito que se ve y no con la real dimensión de las cosas, esas que solo se entienden si se trae a la memoria lo que pasó.

Recuperar conscientemente la memoria es clave para entender lo que no se debe repetir. Los campos de concentración nazis en Alemania, por ejemplo, se convirtieron memoriales para tener un profundo significado: reconocer el error histórico cometido y ratificar que eso no debe volver a pasar. Ojalá en Medellín y sus ciudadanos tengan la madurez suficiente para entender algo tan simple como recordar para no repetir.

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