The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 09 de febrero de 2018

#METOO ESTÁ HACIENDO LO QUE LA LEY NO PUDO HACER

Por CATHARINE A. MACKINNON
redaccion@elcolombiano.com.co

El movimiento #MeToo (#YoTambién) está logrando lo que hasta la fecha la ley de acoso sexual no ha logrado.

Esta movilización en masa contra el abuso sexual, por medio de una ola sin precedentes de declaraciones públicas en medios sociales y convencionales, está erosionando las dos barreras más grandes para ponerle fin al acoso sexual en la ley y la vida: la incredulidad y trivializar la deshumanización de sus víctimas.

La ley de acoso sexual -la primera ley en concebir la violación sexual en términos de desigualdad- creó las precondiciones para este momento. Sin embargo los infractores aún podían contar razonablemente con la negación de los abusadores y la devaluación de los acusadores para proteger sus acciones.

Muchos sobrevivientes juzgaron de forma realista que los informes carecían de sentido. Las quejas rutinariamente se ignoraban con alguna versión de “ella no era creíble” o “lo estaba buscando”. Mantuve un registro de esto en casos de abuso sexual en campus durante décadas; por lo general, tomó de tres a cuatro mujeres que testificaran que habían sido violadas por el mismo hombre de la misma manera, para empezar a tener efecto en su negación.

Incluso cuando le creían, nada que él le hubiera hecho a ella importaba tanto como lo que le sucedería a él si sus acciones contra ella fueran tomadas en serio. Su carrera, reputación, serenidad mental y emocional y sus activos contaban para algo. Los de ella no. De algunas formas, era peor que le creyeran y que lo que él hubiera hecho no importara. Significaba que ella no importaba.

Esas dinámicas de desigualdad han preservado el sistema en el que mientras más poder tenga un hombre, más acceso sexual puede lograr a la fuerza.

Se cree ampliamente que cuando algo se prohibe legalmente, más o menos cesa. Eso podrá ser cierto para actos excepcionales, pero no es cierto para actos penetrantes como acoso sexual, incluyendo a la violación, que se insertan en las jerarquías sociales estructurales. El pago equitativo ha sido ley por décadas y aún no existe. La discriminación racial es nominalmente ilegal en muchas formas pero aún se practica ampliamente contra la gente de color. Si se permite que las mismas desigualdades culturales operen en la ley como en el comportamiento que la ley prohíbe, los intentos de igualación, como la ley de acoso sexual, serán resistidos sistémicamente.

Este atasco, que por mucho tiempo ha paralizado los recursos legales efectivos para el acoso sexual, finalmente se está rompiendo. La misoginia estructural, junto con el racismo sexualizado y las desigualdades de clase, están siendo cuestionadas pública y constantemente por las voces de las mujeres. La diferencia es que las personas en el poder están prestando atención.

Las sobrevivientes de hoy, ya no mentirosas ni sin valor, están iniciando consecuencias que ninguna habría logrado por medio de una demanda. Las mujeres han estado diciendo estas cosas por siempre. Es la respuesta a ellas lo que ha cambiado.

La repulsión hacia el comportamiento acosador, en este caso, los hombres con poder que se niegan a asociarse con él, podría cambiar el lugar de trabajo y los colegios. Podría contener a los depredadores recurrentes, así como a los explotadores ocasionales que la ley hasta ahora no ha contenido. Rechazar a los perpetradores como fanáticos del sexo que se aprovechan de las vulnerabilidades de la desigualdad podría transformar a la sociedad. Podría cambiar la cultura de la violación.

La ley de acoso sexual puede crecer con #MeToo. Tomar los cambios en las normas de #MeToo e introducirlos en la ley podría, y posiblemente lo hará, transformarla también. Algunos pasos prácticos podrían ayudar a capturar este momento. Cambios institucionales o estatutarios podrían incluir prohibiciones o limitaciones a varias formas de secrecía y no transparencia que esconden el alcance de abuso sexual y refuerzan el aislamiento de las sobrevivientes. Es esencial tener un estatuto realista de limitaciones para todas las formas de discriminación, incluyendo el acoso sexual. Poder demandar a perpetradores individuales y sus facilitadores, en conjunto con instituciones, podría cambiar los incentivos percibidos para este comportamiento. El único cambio legal que coincide con la escala de este momento es una Enmienda de Igualdad de Derechos, que expande el poder del Congreso para legislar contra el abuso sexual y las interpretaciones judiciales de las leyes existentes, garantizando la igualdad bajo la Constitución para todos.

Pero es #MeToo lo que ha hecho indefendible la suposición de que la que reporta el abuso sexual es una zorra mentirosa, y eso ya está cambiando todo. La ley de acoso sexual abonó el terreno, pero es el movimiento de hoy lo que está modificando las placas tectónicas de la jerarquía de género.

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