Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 08 de diciembre de 2018

Navidad, ¿alegría o tristeza?

Navidad es tiempo de alegría. De repente parece que a las viejas torres del templo de la vida volvieran las cigüeñas de la ternura y la inocencia. Luchando a brazo partido contra la melancolía, vuelve a amanecer por ahí, detrás del corazón, una tímida, avergonzada casi, doblegada alegría. La tristona alegría de los tiempos idos.

Mala consejera es la nostalgia. Pero existe. Está ahí, agazapada, lista para saltar al roce de cualquier aroma, de cualquier paisaje, de cualquier recuerdo. Puede que la alegría no sea sino un pedazo de nostalgi+a. Y la tristeza, habrá que decirlo, brota de la inocencia perdida.

Por supuesto que estas son filosofías otoñales. Por estos días, como para espantar esos fantasmas de tristeza que pueblan el aire de Navidad, me he dedicado a mirar los rostros y los gestos. ¿Qué hay detrás de las prisas, de los tumultos de la gente en las calles y almacenes, de su resignada sonrisa de satisfacción mientras cargan paquetes y regalos navideños? ¿Qué otean, qué buscan, qué olfatean en el aire?

El sentido festivo del hombre es un elemento de su sicología, de su constitución social. Los teólogos hablaron de un “Deus Ludens”, un Dios festivo, un Dios lúdico. El teólogo protestante Harvey Cox escribió hace ya tiempo el libro “La fiesta de los locos”, en el que propugnaba por el regreso a una religiosidad alegre, a compartir en la fiesta colectiva la presencia y el sentido de Dios.

En realidad el mejor camino para acercarse al misterio es la alegría. Los contemplativos son festivos, aunque muchas veces tengan que desbordar su vivencia de la fiesta por los horizontes de la poesía y el lirismo. Definitivamente Dios es alegre.

Pero le tenemos miedo a la alegría, a la fiesta, a la locura. Moralizamos, cerebralizamos, condenamos, sermoneamos, exorcizamos... Le tenemos miedo a la fiesta. Que es decir, cohabitamos con la tristeza. Entonces, para justificar nos da por filosofar, por poetizar. Y no nos damos cuenta de que el romanticismo, la nostalgia, la melancolía, son atajos sin salida para no llegar a la alegría. Hemos perdido el estado de inocencia, la sencillez, el sentido de lo elemental. La sociedad de consumo nos ha metido en la cabeza que la alegría está en el poseer. Tener cosas, comprar cosas, regalar cosas.

Por eso, cuando en Navidad, desde esta esquina de la tristeza a que llevan los años, uno se pone a mirar a la gente, a quitarle caretas, a despojarla de trajes ficticios, se da cuenta de que no son alegres. Y corren, beben, cantan, gritan, rezan, bailan en el río. Quieren recuperar el sentido de la fiesta. De la fiesta. De esa Fiesta que recuerda Navidad.

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