Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 11 de junio de 2018

NO PUEDE PASAR LO MISMO DEL FÚTBOL

Aunque se hagan comparaciones entre el deporte y la política, entre los resultados del fútbol y los de las elecciones, está mostrándose que menos de una semana antes de la segunda vuelta para la votación presidencial no tiene ninguna lógica presumir que, así como el Nacional perdió antenoche el torneo después de haber sido con enorme ventaja el mejor equipo, el domingo obtendría la mayoría el candidato que perdió en la primera ronda por la abultada diferencia de dos millones setecientos mil votos.

Todas las encuestas pronostican la repetición de la superioridad de Duque sobre su oponente Petro. Sí es obvio que ni los que van perdiendo tengan por qué aceptar por anticipado la derrota, ni los que van ganando deban sentarse sobre los laureles. Pero el descuido, la negligencia, la pereza de salir a votar y otros factores podrían causar sorpresas y poner en riesgo la proximidad de un buen gobierno presidido por un candidato de lujo.

Fútbol y política son actividades que pueden tener similitudes, pero cada cual es diferente y tiene sus propias condiciones. La asociación entre ambas sirve apenas como figura retórica. Lo disparatado, absurdo e inaceptable a la luz de la racionalidad es que siga instituyéndose el revanchismo injusto de la segunda vuelta, del octogonal final, de la práctica de barajar para volver a dar, de la repetición del evento para ofrecer generosas segundas oportunidades, con evidente descalificación de los méritos del que ha ganado en franca lid.

Sí, el Tolima le ganó al Nacional por tiros libres al arco. Lo único positivo de ese resultado lamentable ha sido que, al menos en el vecindario de mi casa, disfrutamos una noche tranquila, sin el ruido, las explosiones y las caravanas que se esperaban y se temían si el mejor equipo del mundo alcanzaba la nueva estrella. Pero no hay derecho a que, en este y en incontables casos de la vida diaria, al mejor se le castigue con el maleficio de la duda, con la obligación de someterse a una prueba más, que equivale a borrarle méritos y puntos para facilitar una revancha que comporta un pésimo ejemplo de nivelación por lo bajo.

Por eso, mientras siga amparándose la tendencia a la mediocridad y se les cierren los caminos a las diversas expresiones de meritocracia, en este país viviremos tan lejos de conseguir niveles siquiera razonables de excelencia. Esto sucede en el ámbito empresarial, en la actividad educativa, en el entorno antes incontaminado de la vida universitaria. Al que reúne méritos se le rebaja. Lo que ha pasado tantas veces en los estadios, que no pase, no tiene por qué pasar con la próxima jornada electoral. En la segunda vuelta, que se consolide la mayoría del mejor.

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