P.D. Mario Franco
Columnista

P.D. Mario Franco

Publicado el 13 de marzo de 2017

No temáis..., ¡ESCUCHADLE!

El domingo pasado, la imagen del desierto se ofrecía como camino de la vida cristiana en purificación. Hoy aparece un nuevo escenario: la montaña, para este itinerario cuaresmal de vida con referencias semejantes. Tanto el desierto como la montaña, son lugares de silencio, soledad, apartamiento del mundo y de las cosas de la tierra; lugares para exponernos a la trascendencia y a una transformación – transfiguración- Así sucedió con el hombre, con el pueblo de Dios, con Jesús y sus discípulos y con nosotros: la Iglesia, hoy.

Nuestro mundo tiene sus ventajas y opciones; pero igualmente sus carencias y pérdidas. Hoy hemos aceptado vivir de una manera, aterrizada – quizá muy interesada- pero intrascendente. A veces sin mucha conciencia, ¡sin sentido! De hecho vivir del aquí y ahora, nos hace seres aterrizados y conscientes. Vivimos el presente porque consideramos que el pasado ya se fue y el futuro es incierto. Es decir: ¡no existen! Claro, esta opción implica que perdamos la dimensión de conciencia (identidad y pasado); como la dimensión de sentido (lo que buscamos, futuro), por considerar de forma pragmática y material que ni son, ni existen.

¡El Ser humano, para serlo, no puede ser solo inmanente y material! Sus posibilidades a plenitud lo direccionan hacia lo trascendente, liberado de lo material, simplemente natural y físico. El orden religioso y espiritual en donde descubre su origen-pasado y su final-futuro, le configuran las respuestas al por qué y para qué. Su Principio y Fundamento.

La Palabra de Dios, en este segundo domingo de cuaresma, como preparación a la Pascua nos revela en la montaña, el origen y final de todo ser humano: la vida y la resurrección. Esto representa el acontecimiento de la “Transfiguración del Señor”, un anticipo que todos tenemos desde acá, (inmanencia) del futuro de la vida de Jesús y de la nuestra. Esto produce miedo, caída; pero todos somos “consolados y levantados” (resucitados), por el Hijo-amado, al que hay que escuchar.

Nuestro tiempo es ruidoso y locuaz, superficial y pasajero; lo hemos vuelto intrascendente. Pero el mundo interior, nuestro espacio y tiempo espiritual, por excelencia, es trascendente, requiere silencio y escucha. Al final de nuestro presente (aquí-ahora), al momento de morir, trascender, ser transfigurados, tendremos la vida de Dios en plenitud. La vida eterna que por el momento, nos cuesta y nos asusta ante tantas alternativas mundanas, simplemente naturales y atrayentes, pero que no nos permiten ser algo más que lo que los pocos años de estar acá nos ofrecen. La trasfiguración ante los discípulos y ante nosotros, quienes atravesemos por la cruz con nuestra vida, es un bello anticipo de la vida de Dios dada por Jesús su hijo. Levantémonos, no temamos al hoy del mundo y escuchemos siempre la voz de Dios, del Espíritu!, que a pesar de los difíciles momentos, nos estimulan a la verdadera vida, a la Resurrección. Ya es tiempo de ESCUCHAR.

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