Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 13 de septiembre de 2017

Ojalá cuaje

Frases impactantes. Algunas duras. Otras de bondad, pronunciadas por el Papa Francisco en Colombia. No pocas que se dan para múltiples interpretaciones que sirven para capitalizarlas a su amaño por quienes protagonizan la radicalización política nacional.

Entre los planteamientos más contundentes, más oportunos y ciertos, aquel en el que condicionó la estabilidad y durabilidad de la paz –en este ambiente tan lleno de discordias ponzoñosas como escaso de disensos racionales– a la vigencia de la equidad y de la justicia.

Alcanzar la equidad y la justicia constituye “el primer paso” para que la paz se cristalice. Colombia, y lo hemos dicho y repetido hasta el cansancio, es de los países socialmente más inequitativos del mundo. Y esas desigualdades alejan la paz. Conducen al revanchismo, a la violencia, a toda clase de injusticias. Dice Francisco, con razón: “La inequidad es el origen de todos los males sociales”. Roma locuta, causa finita...

Sin justicia, la paz no opera. Se convierte en “un fracaso”, dijo Francisco. Ya lo sentenció hace dos mil años el más sabio entre los sabios, el más justo entre los justos: “Buscad el reino de Dios y su justicia, que lo demás vendrá por añadidura...”.

Mas donde se enreda el carrete para que la justicia actúe como base de todo el andamiaje en la construcción de la paz, es en la inexistencia de instituciones de justicia, idóneas y probas. Si no opera en riguroso derecho y ética, degenera en impunidad. Hoy, en todas las encuestas de opinión muy pocos creen en su eficiencia y transparencia. Hay que someterla a una cirugía a fondo, para que no haga metástasis.

Insistió el Papa en la reconciliación como otra de las condiciones para que la paz se haga realidad. Pero reconciliarse no es solo abrazarse entre víctimas y victimarios. Así solo se quedaría en un acto exhibicionista extravagante de corta duración. Sin verdad tampoco habrá reconciliación posible que lleve a una paz cierta y duradera. Y sin reparación plena en lo moral, en lo espiritual, en lo económico, no hay nada. Es necesario reparar –por Estado y victimarios– los perjuicios causados a los que perdieron sus familias, sus bienes, sus honras por razón del conflicto.

Ojalá el paso de Francisco no sea como el de una ráfaga de viento, que levanta fugaces emociones y pasiones. Ni que se cumpla la premonición del periodista español, que de las visitas de Francisco queda más su carisma que sus mensajes...

Presentimos que ido el Papa el país volverá a su terrible cotidiano. Que la luna de miel se termina pronto. Volverá a recobrar sus escándalos de corrupción, impunidad, crímenes, carruseles inmorales, robos “de la alegría” juvenil, Congreso aceitando enmohecidas maquinarias de manzanillismo, todos vicios atávicos con los cuales sobreviven las noticias en esta Colombia “inmortal”.

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