Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 30 de enero de 2018

Orden público

Tengo la sensación de que el orden público en el país se está dañando. Con dolor aparecen otra vez acciones terroristas que dejan muy mal parada esa idea de que la prosperidad está a la vuelta de la esquina porque estamos en lindos tiempos de paz y posconflicto.

¿Qué me le opina al atentado en la estación de Policía de Barranquilla? Hace días no se veía tanta barbaridad. Eso lleva a una conclusión: hay ganas de desestabilizar y empeorar el ambiente que se dice es bueno, pero en realidad es frágil como un merengue.

No nos quedemos solo con ese atentado como ejemplo. Otros hechos “aislados”, como les gusta llamarlos a las autoridades, ratifican esa sensación de desestabilidad.

La alborotada de la gente en Urabá por lo de los peajes dejó también de manifiesto la presencia de los grupos ilegales, capaces de azuzar para crear más caos. Ahí aparece un tema espinoso: estamos a merced de muchas bandas... no de rock. Son bandas criminales, traficantes que dominan territorios y tienen la capacidad de “paraestatizar” las regiones para ser amos y señores.

Vamos ahora a Medellín. En los últimos días van más de 30 muertes a la usanza mafiosa: asfixiados, amarrados, embolsados. Por más que el alcalde Federico Gutiérrez esté comprometido con luchar de frente contra las estructuras criminales y por más que dé resultados cogiendo cabecillas, aparecen más pillos como si fueran hormigas saliendo de un hormiguero pisoteado. Eso no es normal.

El enano se está creciendo. Se está estirando por el descuido desmedido del Estado. Después de la firma de los acuerdos de paz, la institucionalidad se volcó a cumplir con los designios de La Habana, dejando al garete otras cosas que pasan en Colombia, que no son poquitas y quizá más graves y complejas que las Farc. Y si le sumamos que el gobierno empieza a asumir la posición de “deje así, papito”, porque va de salida, pues el panorama no pinta bien.

¿Qué va a pasar? Adivínalo, Méndez. Esto tiende a ponerse maluco, porque en año electoral, la papaya queda lista para ser partida en la plaza pública y en las redes sociales.

Cuando eso pase, la demagogia -esa práctica que los políticos tienen tan bien aprendida en este país- se va a convertir en pan de cada día. Pero lo uno no quita lo otro, y lo otro es la posibilidad que hay de elegir bien en las urnas y por lo menos lograr que quienes nos representen en el Congreso y, claro, en la Presidencia, pues corrijan ese caminado destartalado que está agarrando el país por cuenta del orden público.

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