Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 23 de mayo de 2018

País nacional, país político

El domingo estarán en escena fundamentalmente el voto de opinión y el voto de maquinaria. Además, como complemento, el voto útil, el voto sanción, el voto miedo. Todos acudirán a las urnas. Difícil saber en qué proporción se distribuyen para elegir. Lo cierto es que todos van a sumar y restar en la selección de los dos finalistas presidenciales.

El voto de maquinaria es el que ha regido en la mayor parte de nuestra convulsionada historia política. A medida que crece la macrocefalia del Estado se incrementa su papel de gran protagonista de la política con sus gabelas, contratos, que mueven al elector clientelizado a las urnas, que opera preferencialmente en regiones deprimidas, en donde los gobiernos son las mayores fuentes de burocracia.

Pero a medida que el país se urbaniza y se conecta a los variados medios de información y redes sociales, que colman el espectro informativo –con sus verdades y posverdades–, las estructuras de los políticos tradicionales se van debilitando. Aparece en escena una opinión pública deliberante, seducida por la controversia. Despabilada va calificando a los aspirantes al poder tanto por lo que dicen como por lo que callan. Se avivan núcleos contestatarios, que arrinconan a los partidos tradicionales. Estos van ahogándose en las aguas del escepticismo y la desconfianza, en tanto las nuevas asociaciones ideológicas –populistas, emotivas, o independientes y racionales– comienzan a llenar aquellos espacios que por tantos años monopolizaron liberales y conservadores.

En las elecciones congresionales imperan más las maquinarias que la libre opinión del ciudadano. Subsisten los llamados “feudos podridos”, cultivados por manzanillos y toda la turba de arribistas y curuleros. Pero en las presidenciales, así muchos candidatos propongan el oro y el moro sin echar cuentas del valor y financiación de sus promesas, la presencia de la opinión independiente se va haciendo más ostensible y necesaria. Y así se le va dando un matiz más serio y respetable al veredicto de las urnas. Las mismas que aquí aún no están exentas de saboteo, manoseo y alteraciones, de funcionarios aviesos.

Encontrar el justo medio entre el voto de opinión y el voto politizado, es el reto para quien aspire a llegar a la Presidencia. La penúltima elección presidencial, en 2010, entre Santos y Mockus, comprobó que aquel supo ganarse las maquinarias y buena parte de la opinión, alianza que en forma cicatera apenas se asomó al costal de Mockus...

Bajo un escepticismo preocupante sobre la existencia de una democracia plena y justa en Colombia –en donde solo el 3 % de la ciudadanía, según el barómetro latinoamericano, la considera operante– se llega a estas elecciones presidenciales. Hay una fuerte opinión con Duque. Están con Petro amplios sectores antiuribistas y la izquierda populista.

Parecería que la segunda vuelta presidencial se circunscribirá a la confrontación Duque–Petro. Con ellos se va a definir en qué medida operan, en conjunción o divorcio, los votos de opinión, y de maquinarias, del miedo, de sanción. Lo cierto es que hay un país que se la está jugando entre las libertades y el populismo. ¡Y que no puede entrar el diablo para que escoja!.

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