Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 15 de agosto de 2018

“Pájaros”: la muerte del mito

La recién estrenada película de Cristina Gallego y Ciro Guerra es un manifiesto sobre el mito. Ocurre en el mismo territorio de donde mana el aliento legendario de García Márquez, La Guajira. Úrsula es el nombre de la mama grande en estas dos obras inaugurales de la entraña rural colombiana.

Hay una diferencia de tono. “Cien años de soledad” está anclada de principio a fin en la maravilla y el humor como néctares inherentes a la cotidianeidad. “Pájaros de verano” se enmarca en arias declamatorias de un profeta anciano. Y se divide en cinco Cantos, a la manera de la Ilíada o la Biblia.

Los codirectores quieren proclamar algo, sentar un dictamen trascendental. El desierto con su rigor y extremos, les ayuda a sentar una patente conminatoria.

En días siguientes a su cinta revelación, “Los viajes del viento”, Guerra anunció su deseo de narrar las regiones desconocidas del país. Se fue al Amazonas y atiborró la pantalla con un guion que resultó suma de excentricidades. El golpe publicitario internacional de “El abrazo de la serpiente”, le dio fama y fiasco.

Con “Pájaros”, Gallego y él retoman la senda embelesada de “Los viajes”. No es regalado que Marciano Martínez, el acordeonero taciturno de esta última, culmine su correría sabanera en un rancho guajiro donde agoniza un viejo músico. Tampoco que Rapayet, héroe trágico de “Pájaros”, resucite en cada toma el aire sin sonrisa de Marciano.

Retratar un país carente de hazañas fundacionales que enorgullezcan a su gente, requiere una subida sensibilidad acerca del alma escondida de ese país. Es tarea para mitógrafos. En la arisca Guajira de los años setenta nuestros directores se sorprendieron frente a una sociedad sumida por siglos en ritos, talismanes, sueños, presagios, en la que los animales dictaminan, los hombres mueren dos veces y las mujeres son fundamento.

Al mismo tiempo se toparon con clanes tostados por arenas que solo cosechan vientos, que los forzaron al comercio llamado contrabando y a las armas. Saliéndose de una atávica moralidad de honor-familia-palabra-paz, aquellos rasgos del suelo fueron su perdición.

De ahí que este filme trate menos sobre el mito y más sobre la muerte del mito. O mejor, sobre la sustitución de un mito por otro. Muere el mito que nos sustenta como seres arraigados en el universo. Nace el mito que nos condena a depender de objetos sin alma.

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