Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 12 de septiembre de 2018

¡¿Para qué Dios mío?!

Hace unos meses, el Ministerio de Cultura presentó la Encuesta Nacional de Lectura que detectó las ciudades colombianas con mayor cantidad de libros leídos por año: Medellín mostró un promedio de 6,8; Bogotá 6,6 y Tunja 6,5. Identificó que el 51,7 % lee libros, 48 % periódicos y 32,2 % revistas. El 64 % lee redes sociales, 39,9 % correos electrónicos, 38,6 % páginas web y 15,7 % libros digitales.

Medellín saca pecho: ¡6,8 libros!

“¿Para qué los libros?, ¿para qué Dios mío?”, cantarían los abuelos. En la ciudad más lectora, los votos de los guardianes de Dios, Patria y Familia barren en las urnas...

Bajo esta perspectiva inapelable, que jamás duda, defender la sentencia C-221 de mayo de 1994 significa ser “drogadictos”, “potenciales jíbaros”. Enarbolar los derechos de la comunidad LGTBI equivale a avalar la “sodomía”, promover el final de la “procreación humana”. Destacar hechos de salud pública que evidencian la relevancia de la interrupción voluntaria del embarazo en los casos que permite la ley (cuyo rango debería ser ampliado) es “invitar a abortar”.

“Para demostrar que es un adicto la persona puede acudir al testimonio de sus padres. La policía, en el proceso verbal, definirá si le cree o no”; ¿cómo explicar que la Ministra de Justicia, Gloria Borrero, se dirija a un país como si fuera la madre superiora de un internado?

Estamos reversando a tal velocidad que ya vamos en una propuesta de Ministerio de la Familia y en un ministro de salud (¡médico!) que avala fumigaciones con glifosato. O la cima: portar un tatuaje sería “sospechoso”.

Tanta alharaca solo logra convertir hechos absolutamente intrascendentes, como tatuarse o fumarse un cigarrillo de marihuana, en actos políticos.

(En este debate es irrelevante si cargo un porro en mi bolso, si soy lesbiana, si he abortado, si tengo tatuajes o mi piel es virgen: las libertades y derechos ciudadanos no se defienden con base en las preferencias personales).

Es como si por cada semana de gobierno retrocediéramos una década en materia de derechos civiles. Por esta “nueva” Colombia votó Medellín masivamente.

¿Qué es lo que tanto leemos? ¿Cadenas de WhatsApp y Facebook? ¿La Constitución del 86? ¿El Código de Hammurabi?

Juntar letras no es leer. ¿Hasta cuándo las redes sociales seguirán siendo el megáfono del analfabetismo funcional?

No propongo una mirada utilitarista de la lectura: ¡leer es un placer que no necesita justificación! Tampoco insinúo que este delirio colectivo sea producto exclusivo del “pensamiento conservador”. Dos de las bibliotecas más importantes del país han pertenecido a ilustres conservadores: Álvaro Gómez y Belisario Betancur. La lectura no los alejó de sus convicciones políticas, les permitió considerar otras miradas –lo cual no siempre significa moderar el discurso, pero por lo menos sí escuchar al otro sin estigmatizar, aferrándose a principios de solidaridad–.

Un asunto es ser conservador; otro muy distinto es ser retardatario. “Todo gran lector va construyendo con muchos textos tomados de uno y otro lado, su biblioteca personal o, si se quiere, su propio libro. Al fin y al cabo toda lectura es también una escritura”, escribió Italo Calvino. Que la Fiesta del Libro sea la oportunidad para reflexionar: ¿qué tipo de historia estamos escribiendo los medellinenses para nuestro departamento y, dado nuestro poder en las urnas, para el resto del país?.

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