Ángela Marulanda
Columnista

Ángela Marulanda

Publicado el 31 de julio de 2017

Para que nos respeten tienen que admirarnos

Hasta hace unos años, ni siquiera muchos, los padres eran la autoridad suprema en la familia en todo sentido, entre otras razones, porque solíamos ser personas maduras, sabias e infalibles para ellos debido a que los adultos los superábamos en todo.

Sin embargo, hoy por primera vez en la historia del mundo civilizado, los niños nos aventajan en el campo más importante de la vida en el tercer milenio, como es el de la informática. Gracias a los avances en la tecnología virtual las nuevas generaciones parece que “vienen de fábrica” con un microchip incorporado que les permite dominar innatamente todos los intríngulis del mundo virtual y desempeñarse desde pequeños con una maestría sorprendente en el ciberespacio, lo que significa que ellos nos aventajan en lo que se refiere a la sistematización.

Como consecuencia de lo anterior, los niños ya no nos ven como seres todopoderosos, a quienes pueden recurrir para que les resolvamos todas sus dudas ... sino que ahora somos nosotros los que, a menudo, requerimos de ellos para que nos solucionen los nuestros, como por ejemplo, que nos descongelen la pantalla, que nos configuren la computadora o nos enseñen a escanear, a chatear, a “textear” ... y nos indiquen cómo operar el iPhone (que heredamos de ellos). Así, ya no somos los héroes de nuestros hijos, esos seres superiores que todo lo pueden y todo lo saben... sino sus aprendices y servidores.

Si bien no podemos eludir la confusión que nos causan tantas innovaciones, debemos tener presente que, aunque los niños nos superen en habilidades tecnológicas, nosotros seremos su referente, siempre y cuando los superamos en madurez y sabiduría... que es lo que nos permite pensar y obrar con la cordura, la entereza y la certeza que nos hace dignos de su admiración y respeto.

De tal manera que si lucimos y actuamos como adultos y no vivimos ante todo concentrados en seguir pareciendo “jóvenes y bellos” sino dedicados a ser personas íntegras, maduras y profundas, y por ende ejemplares, nuestros hijos seguirán admirándonos y acogiendo nuestra autoridad por el respeto que les infunde la sensatez y la integridad con que procedemos.

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