David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 03 de septiembre de 2018

¿Para qué sirven las universidades?

Querido Gabriel,

Hasta hace un tiempo, la universidad era el final de una etapa de la vida en la que se estudiaba, anterior a esa otra en la que se trabajaba, para luego, finalmente, descansar durante nuestros últimos años. Decidías matricularte en un “programa”, para luego dedicarte a lo que allí te enseñaban a “hacer”. En esto que te cuento hay dos creencias implícitas de las que me gustaría que podamos conversar, porque creo que han perdido toda su vigencia. La primera, que la vida se organiza en fases regladas, y que estudiar es una actividad temporal, con principio y fin. La segunda, que educación y capacitación para el trabajo son la misma cosa.

En una vida larga, tendremos muchas pasiones y varias ocupaciones. Cada uno de nosotros podría ser, por ejemplo, carpintero, sociólogo, ingeniero, lector, artista, cuidador y educador. Para ello, será crucial estudiar a toda hora, toda la vida. Arte y ciencia, oficio y técnica, ser y hacer, se conjugarían en personas que saben que durante su vida deberán saltar con gracia entre oficios y actividades, motivados por sus gustos o por las transformaciones del mundo.

La Universidad de Stanford, por ejemplo, está hablando, no de egresados, sino de afiliados. Una ingeniosa manera de proponer que las universidades son plataformas de aprendizaje para toda la vida. La vieja pregunta de ¿qué vas a estudiar?, debería reemplazarse así, por otra, mucho más emocionante: ¿qué vas a estudiar ahora?

Por otro lado, ¿aplicas diariamente muchos contenidos o materias de tu educación? Como el conocimiento va tan rápido, supongo que es bien poco. ¿Pero entonces tu pregrado y el posgrado que tal vez hiciste, fueron en vano? ¿Recuerdas algunas experiencias que aún hoy te marquen? Yo, por ejemplo, siempre vuelvo a las noches de luna en las que tocábamos guitarra en la mitad de la cancha de fútbol. Agradezco los amores de juventud, fundamentales para la educación emocional. Rememoro con fruición las discusiones de los consejos estudiantiles, cuestionando y criticando las decisiones del rector. El pluralismo es un gran regalo de la universidad porque nos ayuda a deshacernos del pensamiento absoluto (y absolutamente aburridor) de la familia y el colegio. Recuerdo todavía cuando me tocó organizar un concierto y fracasé rotundamente: perder a una edad temprana fue un inmenso privilegio. No te puedo explicar cuánto aprendí sobre los procesos naturales en esas vacaciones en las que trabajamos con don Víctor, el jardinero, para sembrar unas flores amarillas en algún lugar recóndito del campus.

¿Será que, más importante que lo que se estudia, es lo que se aprende de la experiencia humana de madrugar, caminar, conversar, discutir, ganar, perder, soñar, memorizar, olvidar, reír, amar y sufrir? ¿Podríamos decir que las mejores instituciones educativas son las que ofrecen una experiencia rica y desafiante en lo social, cultural, humano y académico?

¿Tertuliamos entonces sobre el sentido de las universidades en la era de Google, de las charlas TED, de los podcasts, de los libros a un clic? Te propongo esta hipótesis, para que provoque la charla: una gran universidad será una fuente permanente de gozo y un terreno fértil para el descubrimiento, dirigida a los estudiosos de todas las edades. Una gran universidad deberá ofrecer experiencias, espacios, sensaciones y encuentros inolvidables, inspiradores y transformadores.

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