Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 21 de agosto de 2018

¿Para qué universidades todavía?

Cuando el filósofo alemán Karl Jaspers habló de la crisis de la universidad se refería al hundimiento espiritual de la universidad alemana y europea que inició antes de la Primera Guerra Mundial y que se concretó con la llegada del Nacionalsocialismo al poder en 1933.

Para enfrentar esa profunda caída espiritual de la universidad, Jaspers propuso renovar la “Idea de la universidad” planteada por Humboldt, que comprende los siguientes elementos: la unidad de investigación y docencia; la libertad académica e investigativa; la universidad al servicio de la idea “pura” de ciencia y no a la formación profesional; la universidad debe buscar la verdad y su enseñanza al margen de deseos o mandatos que pretenden restringirla desde dentro o desde fuera.

En 1961 Jaspers ve de nuevo un gran peligro para la universidad que caracterizó como “el funcionalismo tendiente a convertir a las universidades en gigantescas instituciones escolares y de capacitación para especialistas científico-técnicos”, funcionalismo según el cual la universidad debe orientarse a la generación de un conocimiento basado en investigación básica y en su posibilidad de aplicación o uso práctico.

En las últimas tres décadas del siglo pasado se inició un nuevo proceso de transformación de la universidad resultado de la articulación del neoliberalismo con diferentes tipos de cambio social. Este proceso comenzó en el Reino Unido durante el gobierno de Margaret Thatcher que buscó aumentar la productividad de las universidades mediante la reducción del nivel salarial de los profesores y la eliminación del carácter definitivo de las plazas. Se continuó en los Estados Unidos con similares reformas y se ha extendido –con distinta celeridad– a muchos países de América Latina.

El criterio básico de este nuevo modelo es que la universidad debe supeditarse al mercado. Como la eficiencia depende de la racionalidad de la economía, se busca introducir en la universidad los criterios del mercado, para premiar a los profesores e investigadores que propongan cosas útiles, que sean valoradas por los consumidores.

En la cultura de la sociedad neoliberal, la universidad debe distanciarse de asuntos como la formación de los estudiantes en las disciplinas humanísticas. Se afirma que las universidades deben dejar de ser estériles torres de marfil, en donde se enseñan cosas como filosofía antigua, historia medieval, lenguas clásicas, pues todo esto es superfluo e inútil en nuestra época globalizada y competitiva.

Ahora bien, ¿podemos plantear una alternativa a esta concepción empresarial de universidad? ¿Rechazarla significa proponer una universidad que ya no es viable? ¿Es posible renovar el espíritu originario de la universidad que sirva solamente a la idea “pura” de ciencia y a la búsqueda de la verdad, como la propusieron Humboldt y Kant? ¿Puede la universidad desconocer su dependencia de lo económico?

La universidad debe ajustarse a los cambios de la época, no en el sentido planteado por la universidad empresarial que termina destruyendo las bases del humanismo y la democracia. La universidad no puede, sin embargo, negar su necesaria dependencia de lo económico; pero debe hacer posible el florecimiento de los saberes humanísticos y científicos.

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