David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 18 de octubre de 2016

Paradojas políticas

Hace falta asomarse un poco por la actualidad política para comprobar una de las más tristes paradojas contemporáneas: a mayor información, menor conocimiento. Menor verdad. Cuanto más nos ofrecen más nos hastían. Ante los múltiples discursos que pretenden abarcarlo todo solo permanece el ruido que impide entender la realidad. Y entonces, como lo hemos visto en estas últimas semanas en periódicos o noticieros o redes sociales, flotan esas verdades a medias que no son menos perjudiciales que las mentiras completas.

Pero la destrucción de la verdad no es, únicamente, el resultado de una sobreoferta informativa. Es el camino que muchos políticos encontraron para manipular a una ciudadanía que es, al mismo tiempo, cansada y perezosa. ¿Para qué explicar los acuerdos de La Habana si se puede incitar al voto negativo mediante la ira? ¿Para qué exponer beneficios y perjuicios de lo firmado si es posible movilizar al votante desde la irracionalidad? ¿Para qué el esfuerzo si obtendremos un buen resultado insistiendo en la confusión?

El problema, como lo habrán notado, no se limita a estas fronteras. Lo que sucede en el último envión por las presidenciales de Estados Unidos provoca arcadas. La verdad se volvió un elemento desechable entre los gritos y las amenazas y los videos filtrados. Es asombroso como, ante las pruebas incontestables, Trump simplemente se escuda en las teorías conspirativas para asegurar que lo que pasó no pasó. Que todo es una artimaña en su contra. Que, como el mal estudiante, la culpa la tienen otros. Hillary o los periodistas o el establishment republicano.

Dirán ustedes, y con razón, que todo aquello por lo que me quejo ha ocurrido siempre y que los políticos de antaño tampoco eran un dechado de virtudes. Que la perorata es quizá una añoranza inservible e inocente porque antes también se robaba y se mentía y se insultaba. Incluso peor -recordarán- porque la altanería y el pillaje político no recibía sanción ni por la ley ni por los votantes.

Es un argumento que quizá solo se pueda responder con otra paradoja: los mismos medios que, ante la sobreoferta de información son idiotas útiles del populismo, tienen por momentos ataques de rebeldía y nos dejan en el camino pistas para correrle el velo a la maquinaria política. Tenemos que aceptar que no todo es malo. Ahora es posible verle la hondura a semejante porqueriza.

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