Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 14 de junio de 2018

Pequeñas historias (8)

La casa

Recientemente debí cambiarme de casa. Tuve un mes para buscar con calma un nuevo espacio dónde acomodar mis libros y mis amaneceres. La búsqueda se extendió con precisión hasta la última semana. Cuando ya me disponía a pedir una prórroga, encontré un apartamento que me gustó, paradójicamente quedaba en un cuarto piso con vista al occidente, como el anterior, la única diferencia era que del nuevo apartamento podía ver al fondo la ciudad, tan bonita, tan cruel. Lo que más me gustó de la casa fue un enorme árbol sembrado debajo de mi ventana. Al observarlo, me daba la impresión de que estaba lleno de repollos pendidos, verdes. Ahora, cada que me asomo al balcón, me dan muchas ganas de comer ensalada de coles y repollo.

Me gusta este nuevo espacio donde abundan vecinos silenciosos y luces encendidas con historias. Todavía no identifico del todo las rutinas, pero ya tengo en mi inventario un gato callejero en el bosque, una tortuga con bufanda, una pecera vacía y una mujer que mira sigilosamente cada uno de mis movimientos. Presiento que pronto algo emocionante ocurrirá en el devenir de la tortuga.

Ventanas cerradas

A veces no se necesitan ventanas para imaginar. Si miramos lo que rodea el interior de nuestra casa bastaría para suponer miles de historias. Cada objeto se vuelve un sutil entramado de cosas que creíamos olvidadas, pero apenas les prestamos un poco más de atención, le pegamos un golpe a la memoria para que haga su trabajo, su recuento. Entonces comienzan las voces: “te acuerdas”, “fue en aquel viejo lugar”, “creí que lo había perdido”. Hacer silencio y recordar es necesario ahora cuando a todo el mundo le ha dado por tener todo tipo de cosas en los cuartos útiles, en los garajes de innumerables desórdenes. Hoy no quiero mirar por las ventanas de mi nueva casa, una extraña nostalgia de mí mismo ha hecho que repare en aquellos enseres que me miran observar hacia afuera. El florero de bronce que nunca ha tenido una flor, la llave olvidada de una mujer que nunca más volvió, el retrato de Borges que me encontré en la basura, las plumas del gato que escupió de su boca cuando me regaló un pájaro, mis mujeres desnudas, el tapete que compré en Machu Picchu y un montón de recuerdos más han hecho que cierre las cortinas y converse en silencio con ellos. Nunca está de más mirar un poquito el corazón

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