Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 15 de febrero de 2018

Perder la esperanza

Es fácil perder la esperanza, decir que ya no más, que todo ha sido suficiente: caminar, toparse con las mismas decepciones, volver a empezar a escribir sobre una página con más tachones que frases. ¿Para qué seguir intentándolo? Por más que hagas nada valdrá la pena, no es fácil entender el ritmo de los pasos, el compás de las ideas, de las dudas, de la angustia.

Uno se detiene y piensa, es fácil perder la esperanza si después de mucho caminar por la misma calle que lleva al mismo lugar, las personas quieren seguir siendo las mismas. Una persona que no cambia es terrible, es una máscara perpetua en el disfraz de una ciudad perpetua.

Es fácil perder la esperanza si abres el periódico, pero si no lo abres, es como si ya la hubieras perdido. Abrir las páginas diarias de la vida es creer que lo que se encontrará podrá cambiarlo todo. Uno enciende una vela y se distrae con el fuego, todo parece tan sencillo en el ritmo lento del fuego, una llama es un instante precioso, una luz es el lugar de la esperanza, pero apenas se hace humo lo único que queda es el intento de conservar la mirada tibia.

Es fácil perder la esperanza si uno camina por ahí, por un camino perdido, con esa mente que uno carga repleta de sospechas y la cabeza regresa a casa igual de confundida. Uno pierde la esperanza cuando ningún dolor se trepa en un árbol o en la ventanilla del bus que se interpone en la cebra. Uno pierde la esperanza cuando la muerte violenta de un ser humano no te conmueve, no te importa, perder esa parte es de las más terribles porque es como si la esencia de todo, la vida, no significara nada. Uno pierde la esperanza si se riega la sal en el mesón de la cocina y uno no sabe si eso trae buena o mala suerte.

Y entonces, cuando uno siente que el aire ya no está en la boca de tanto perder la esperanza, cuando uno cierra los ojos para dejarse ir, cuando uno cree que ya no más, que no tiene sentido seguir perdiendo la esperanza, uno abre un libro y lee entre salto y salto que ser admitido en el corazón de la naturaleza no cuesta nada. Nadie está excluido, excepto quien se excluye a sí mismo. Y esa idea simple, que se parece al imperceptible acto de abrir los ojos, te alienta a tomar otro camino, te hace pensar que uno no puede perder la esperanza porque, de ser así, ya estaría uno muerto y más vale seguirlo intentando.

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