P.D. Mario Franco
Columnista

P.D. Mario Franco

Publicado el 11 de junio de 2018

¡PÉRDIDA DEL ESPÍRITU!

Hace pocos días celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. El misterio de Dios, revelado a los hombres como la plenitud del amor de Dios para todos, para salvación del mundo.

Al considerar las lecturas de este domingo, no podemos menos que experimentar un gran contraste entre el misterio de Dios y la actitud humana –a veces lamentable- que revela desde el misterio del hombre, a dónde nos puede llevar la soberbia, el orgullo humano. Dice el Evangelio..., vinieron a buscarlo –a Jesús- porque decían que no estaba en sus cabales, tenía adentro a Belcebú. El orgullo humano, descalificando al Espíritu.

Mientras Dios se desprende de la plenitud de su ser, para darse al hombre por su salvación; nosotros seguimos “tercamente empeñados” por soberbia, en querer “ser como Dios”, en competir con Dios, al que hecho hombre por amor a nosotros terminamos juzgando como loco; fuera de sus cabales–endemoniado.

Desde este contexto es muy explicable otra afirmación fuerte del mismo Evangelio de hoy: “Todos los pecados se pueden perdonar a los hombres y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón Jamás”.

Desde el Antiguo testamento es claro que Dios, su Espíritu, no soporta y rechaza la soberbia. Hoy este mal ha alcanzado proporciones y dimensiones inimaginables. ¡Incluso este, el peor de los males, ha llegado a ser catalogado como un propósito o una virtud para alcanzar... qué ironía! En muchas espiritualidades esta es la fuerza del mal que hay que combatir: “La crecida soberbia”, en términos de San Ignacio, que tanto mal hace al hombre, a toda la creación. Con ella el hombre rechaza al Espíritu y por lo mismo toda su vida interior, quedando condenado a realizarse en el mundo de la banalidad y superficialidad. Su mundo fácil y placentero; su mundo exclusivamente volcado hacia lo exterior.

Cuando perdimos el horizonte de la vida profunda o interior, el horizonte del Espíritu porque blasfemamos contra Él; perdimos la verdadera posibilidad del sentido de lo humano como trascendente; la definitiva y verdadera posibilidad de nuestra vida, que termina así, necesariamente, condenada al fracaso, como una vida caída (ángeles caídos) en el sin-sentido y el absurdo en que muchos prefieren moverse, para no tener que comprometerse con nadie. Una vida ramplona y grosera. Una vida aislada y superficial, que solo puede vivirse a flor de piel, para el placer, la sensibilidad, la violencia de la intolerancia y el odio..., todos aquellos anti-valores que queremos rechazar, pero no podemos, porque no tenemos un horizonte mínimo de sentido, y trascendencia. Un horizonte de vida interior, el del Espíritu. Es esto quizá, lo que quiso decir Jesús al afirmar que el pecado contra el Espíritu santo, no se podía perdonar. El orgullo, desde el inicio... (primera lectura) hemos querido ser como Dios, sin asumir responsabilidades: ¡fue la mujer...la serpiente! Fueron otros, ¡Qué tontería! Ojalá el Espíritu ilumine nuestras próximas elecciones .

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