Luis Fernando Álvarez
Columnista

Luis Fernando Álvarez

Publicado el 02 de diciembre de 2016

POBRE PARTIDO CONSERVADOR

Los partidos políticos son factores reales de poder. En términos de ciencia política, son el camino principal de las sociedades civilizadas para estructurar el modelo formal de la autoridad estatal, por ello, independiente de su doctrina, todo partido político es importante, siempre y cuando en un momento histórico se presente como alternativa real para acceder a la dirección y mando del Estado.

Cuando un partido renuncia a esta posibilidad, desaparece como factor de poder y pierde su razón de ser, para irse transformando en un grupo de apoyo o contradicción frente a la autoridad constitucionalmente establecida.

Entre su nacimiento doctrinario y la realidad que en ese momento encarnó con fundamento en las ideas de Simón Bolívar y posteriormente en el pensamiento de Miguel Antonio Caro y Mariano Ospina Rodríguez, y la confusión conceptual e ideológica que mostró la pasada convención conservadora, hay una diferencia abismal.

El partido o lo que queda de él, está sumido en una profunda crisis labrada por sus propios dirigentes. Ha perdido su rumbo y dejó de ser una fuerza fundamental para los propósitos de la sociedad y se ha transformado en un grupo integrado por grupúsculos de acción o reacción retardada, pero su doctrina se perdió en la nebulosa de los años por fuera de la dirección del poder. Esta agonía del Partido Conservador, es el precio que debe pagar por haber renunciado a dos postulados fundamentales de todo partido: El ejercicio del poder y la formación de líderes para ello.

Habría que afirmar que especialmente en los últimos 16 años, el partido renunció a su misión central de presentarse como alternativa real de poder y se limitó a ser un invitado de apoyo a los presidentes de turno, especialmente durante los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos. En términos de política, renunciar y aceptar que no se es alternativa real de poder, sino un simple grupo de apoyo para los gobiernos de turno, con orígenes políticos diferentes, significó abandonar la razón de ser del partido. Sus partidarios terminaron naufragando en un mar de incertidumbres y contradicciones. Los conservadores, sin darse cuenta, se transformaron en partidarios o contradictores de Uribe o de Santos. Hoy, parte de su dirigencia se conformó con ser gobiernista y quienes creen que comulgan con la verdadera filosofía conservadora, consideran, sin motivos claros, que deben ser antigobiernistas, antes que conservadores.

No debe extrañar lo sucedido en la mal llamada convención, cuya pobreza conceptual y filosófica fue de tal envergadura, que prácticamente pasó desapercibida, incluso para los medios de comunicación teóricamente de orientación conservadora.

Sus divisiones internas, el confuso perfil de los supuestos precandidatos presidenciales, la utilización de la justicia como bandera política, el desconocimiento de su existencia por parte de las nuevas generaciones, en fin, todo aquello que ha contribuido a la agonía de un partido que dejó de aspirar a dirigir el Estado, para convertirse en una especie de grupo utilizado a su gusto por el gobierno de turno.

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