Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 16 de enero de 2019

POBRE VENEZUELA

Venezuela está sumida en el caos. No solo en tragedia económica, sino política y social. Nada le sale al derecho, porque allí no existe el Estado de derecho. Este país se torció hacia el populismo, hermano gemelo del totalitarismo. Hoy, más del 80 % de los venezolanos repudian el gobierno del jayán, hijo putativo de Chávez y ahijado de los hermanos Castro.

Para Colombia, Venezuela es una papa caliente. El éxodo de venezolanos tiene agotada la capacidad colombiana para absorber con diligencia y efectividad las muchedumbres que a diario cruzan las fronteras en forma legal e ilegal. Tiene una hiperinflación que podría superar los 12 millones por ciento, cifra que no solo parece de ficción, sino que aniquilaría cualquier democracia, pero que dado que ese gobierno se sienta sobre el filo de las bayonetas aceitada por la droga, puede ahogar en sangre el grito de protesta de las gentes indefensas.

A Venezuela solo la puede salvar una reacción militar de los uniformados que no están dentro de los anillos concéntricos de la corrupción. Son escasos por supuesto. Y carecen de influencia en sus tropas. Las mayorías de generales giran alrededor de la órbita del narcotráfico. Ante tal situación, las declaraciones de la OEA, del Grupo de Lima, del Parlamento Europeo, no pasan de ser un saludo a la bandera. Esos organismos demuestran cada vez que son inoficiosos, que solo sirven para albergar una burocracia internacional que sestea mientras el país arde.

Venezuela tiene el agua al cuello por los cumplimientos que debe hacer del suministro del crudo a Rusia y China. Y con ese compromiso servil confía que ambos países le muestran los dientes a los Estados Unidos cuando el mitómano Trump le ronque a Maduro. Pero llegará un momento que dada su caída de producción petrolera, no podrá honrar el compromiso de pagar con los miles de barriles la deuda a chinos y rusos. Y allí podría quedar a la deriva, lo que pondría en riesgo el apoyo de aquellas dos potencias antiyanquis.

La oposición en Venezuela es ya inexistente. Está agotada, temerosa, vapuleada, viviendo de declaraciones de buena voluntad de los países que aún se horrorizan con los totalitarismos y las anarquías. Pensar en una solución negociada con la oposición hoy parece una utopía. Maduro la arrolló en este país en donde cerca de 5 millones de venezolanos –según la Universidad de Harvard– han salido a buscar un techo y un plato de comida.

¿Si acaso hubiere en Venezuela un estallido social, el ejército y las milicias populares bajo la bota de oscuras fuerzas cubanas, serían capaces de producir una matanza como aquellas horrorosas que la historia de la humanidad narra? ¿Y cuál sería la respuesta del mundo civilizado? ¿Otro saludo a la bandera con declaraciones esponjosas y fofas?

¿Arrancaría Venezuela a escribir otra historia prolongando el modelo absolutista que instaló Fidel Castro en Cuba, contradiciendo todos los pronósticos del mundo democrático, de que sería su gobierno revolucionario, un poder efímero que se caería en pocos años?.

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