Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 20 de marzo de 2017

Política mafiosa

El presidente Juan Manuel Santos acaba de regalarnos para la posteridad otra frase de antología, una de esas que quedará con marca registrada: “Me acabo de enterar. No autoricé ni tuve conocimiento de esas gestiones”. A él se le adelantó Roberto Prieto, ex coordinador de su campaña 2010, quien, después de contradecirse de todas las maneras posibles, al final soltó en la radio un mea culpa tan público como desacreditado.

Les ocurre lo mismo a los opositores, que viajaron a Brasil, hablaron con el propagandista Duda Mendonça, pero que insisten en hacerle creer al país que apenas se trató de reuniones de ambientación, digamos de “apoyos periféricos”, para encarar la recta final de las elecciones 2014.

Pero unos y otros, y nosotros, saben y sabemos que Odebrecht se especializó por años (aunque sus calidades de ingeniería son respetadas) en engrasar campañas, gobiernos y congresos. El presidente Santos lo tiene clarísimo, era una trasnacional del soborno.

Leía esta semana al ex ministro y ex congresista Armando Estrada Villa y las coincidencias son absolutas: resulta impresentable que un candidato de una campaña presidencial “padezca” tal candidez y que sea capaz de sostener que esas irregularidades ocurren a sus espaldas. A estos “animales políticos” se les extravían el olfato y la malicia a la hora de las cuentas.

Lo previsible es que los jefes de campaña, los candidatos, puedan concertar con sus asesores cuánto dinero hay (o falta), donado por quién y en qué se va a gastar. Lo contrario sería como montar un negocio sin saber de dónde sale la plata y en qué se va a invertir.

Roberto Prieto, quien además es un contratista millonario con el Estado (se le atribuyen contratos entre 8 mil y 80 mil millones de pesos), pareciera haber calculado muy bien la expiración de las investigaciones administrativas que podría emprender el Consejo Nacional Electoral (CNE), un ente por demás controlado por los partidos políticos. Y entonces, decide hablar (¿?).

Más que haber algo de verdad en todo cuanto se ha dicho, a la ciudadanía le viene la sensación de que a estas figuras en el poder, o tras él, ya no les queda una pizca de vergüenza. Un gramo de decencia. Algún asomo de responsabilidad política y ética.

El diccionario de la RAE le da una acepción a la palabra mafia que bien podría aplicarse aquí: “Grupo organizado que trata de defender sus intereses”. Hace rato que la clase política de este país solo piensa en reelegirse y controlar la cosa pública, alejada de las necesidades comunitarias. Por eso su amnesia, por eso su desfachatez. Por eso nunca se entera de tanta corrupción.

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