Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 29 de agosto de 2018

Polvo elemental

Por supuesto que hay muertos malos.

Una de las formas más sofisticadas de la perversidad es la purificación, la limpieza de las culpas por la vía funeraria.

El 23 de noviembre de 1975, Francisco Franco fue sepultado en el Valle de los Caídos. De su muerte natural escribió Juan Goytisolo: “Era torturado cruelmente por una especie de justicia médica compensatoria de la injusticia histórico-moral que le permitía morir de vejez, en la cama”.

La semana anterior, el gobierno de Pedro Sánchez determinó que los restos del Generalísimo deberán ser trasladados. Carmen Calvo, la vicepresidenta, dijo: “Un dictador no puede tener una tumba de Estado en una democracia consolidada”. En varias ocasiones, sin suerte, habían surgido proyectos políticos de exhumación; alguna vez se presentó ante la ONU un informe con reclamos en el mismo sentido.

El traslado de los restos de Franco resulta de la modificación del artículo 16 de la Ley de Memoria Histórica: “En el Valle de los Caídos solo podrán yacer los restos mortales de personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil [...]”.

La arquidiócesis de Madrid prometió que “acatará el mandato legal una vez sea firme y ejecutivo”.

En su época, muchos españoles adoraban ciegamente a Franco, aun a sabiendas de los fusilamientos y excesos del régimen. Todavía se siente la nostalgia de quienes sostienen que Franco salvó a España de la Segunda Guerra Mundial; sin reparar en el “precio” que la sociedad civil pagó por venerar al caudillo.

La adoración colectiva (de vivos o muertos) nunca ha traído nada bueno...

El Generalísimo no tiene por qué estar en el Valle de los Caídos, y no solo por no haber muerto en la guerra. La razón esencial es que su tumba es un símbolo popular, destino de peregrinación. ¿Acaso los restos de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, condenado a muerte por conspiración, idolatrado por Franco, deberían permanecer en el mismo espacio funerario? No. También son un símbolo.

En ese conjunto monumental yacen 33.833 cuerpos, de los cuales aproximadamente 13.000 son republicanos (recolectados de fosas comunes). Entonces, ¿solo los muertos de la derecha deberían ser exhumados? No. Víctimas hay de todos los bandos, merecen ser honradas. Otro asunto muy distinto es rendir culto a la barbarie a través de quienes la encarnan.

Exhumar los restos de Franco puede parecer una torpeza política, teñir de martirio la conversación en torno a él: ¡qué importa!, es una deuda histórica. Adiós a las selfies entre flores frescas, al desfile de niños con banderas franquistas y de jóvenes camisas negras con la palabra “Patriota”. Que se ahogue el clamor: “¡Viva Franco!”.

Desacralizar es un imperativo. Reducir al caudillo a ser uno más, al polvo. Y no se trata del “polvo de estrellas” de Sagan ni del “polvo enamorado” de Quevedo... es el “polvo elemental que nos ignora” de Borges.

Hace un par de días, Javier Cercas escribió: “La verdad libera y la mentira esclaviza [...] una sociedad que ha perdido el vínculo con la verdad no puede ser más que una sociedad de esclavos”.

El culto humano a la muerte –¡nuestro perpetuo ADN cavernario!– es fiel servidor de la mentira (religiosa, política...). El caudillo en un panteón familiar o en un osario cualquiera significa libertad para las generaciones venideras.

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