Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 10 de julio de 2018

¿Por qué este Mundial es una Eurocopa?

Vagaba un servidor, quince años atrás, por el salvaje y hermoso barrio panameño de El Chorrillo, uno de los más peligrosos de toda América, cuando mi cámara se detuvo en una vibrante escena. Unos muchachos en andrajos, chicos y chicas, jugaban al balón con dos porterías destartaladas por cancha y varios perros pulgosos como excepcional público. Pese a andar descalzos y golpear a puntapiés un desgastado balón Mikasa, aquellos con los que jugaban los Flintstones en la Edad de Piedra, los chiquillos disfrutaban como sólo un niño puede hacerlo. Como si estuvieran ante un Maracaná o un Bernabéu llenos hasta la bandera. Esa imagen, que aún conservo impresa y que preside el viejo piano inglés que se encuentra cubierto de peluches en la habitación de mi hija Malena, aunque sus acordes sean más propios de un bar de fulanas del muelle de Rotterdam, ya no es posible en El Chorrillo. Ni en los barrios populares de San Salvador, Río de Janeiro, Buenos Aires o Bogotá. Las pandillas y el narcotráfico han convertido a los niños que viven en las grandes ciudades de todo el continente en una suerte de presos, condenados a vagar de las paredes de su casa a las de la escuela, en un camino de ida y vuelta perpetuo. La violencia ha apartado de las calles a varias generaciones de latinoamericanos. Porque las calles tenían en sí mismas una connotación peligrosa y, quienes salían de ellas cargaban con un estigma para toda la vida. El pasado año, por poner un ejemplo, disfrutábamos de la comunión de una amiga de mis hijos en el londinense barrio de Notting Hill, junto al populoso parquecito de Avondale. Hartos de las conversaciones adultas, la muchachada decidió echar un partido de fútbol, al que nos unimos gustosos varios padres. Era una tarde calurosa, pero aunque más de uno estuvo a punto de necesitar un desfibrilador, durante al menos una hora los carcamales que allí estuvimos recordando viejos tiempos disfrutamos como enanos. Un puñado de «chicos» de diferentes edades, razas y nacionalidades y un simple balón fueron suficientes para hacernos felices a todos. Así es el fútbol. Sin parafernalias ni boberías. Un parque, una pelota y un puñado de críos –me incluyo– corriendo como posesos. Esa escena se sigue repitiendo en los parques de muchas ciudades europeas, donde nadie espera que le vengan a robar el balón y mucho menos que vaya a encontrarse en mitad de una balacera. No digo que aquí no tengamos problemas ni delincuencia ni pandillas, que las hay, aunque menos peligrosas y numerosas. Pero aún se puede jugar al fútbol en las calles. Por eso los cuatro semifinalistas del Mundial de Rusia son europeos. Cierto es que, a mi entender, Colombia mereció pasar frente a Inglaterra, pero como dijo el sabio Boskov «el fútbol es así». De hecho, a excepción del Mundial de Brasil de 2014, cuando pasaron a semis Brasil y Argentina, los equipos suramericanos apenas han logrado colocar a un representante en la penúltima ronda, y en dos de ellos (Alemania 2006 y el presente de Rusia) han dejado las cuatro primeras plazas para las escuadras europeas. Cierto es que Brasil es pentacampeona, pero no gana desde 2002. También que Europa sólo saca dos Copas del Mundo a los equipos suramericanos (11 por 9), pero el número de finalistas es favorable al Viejo Continente en 26 a 12, una ventaja agrandada en los últimos años. Los datos no mienten. Los niños que quieren jugar al fútbol en las ciudades suramericanas deben hacerlo, en su mayoría, en escuelas o centros. Pocos se aventuran a patear en la calle, porque la calle es sinónimo de muerte. Hasta que las pelotas no vuelvan a rodar libres por toda Suramérica y los niños recuperen esas mismas calles tendremos que sufrir a equipos de tuercebotas como el inglés, que más que football juega headball. Un coñazo.

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