The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 05 de febrero de 2018

POR QUÉ ME VOY DEL F.B.I.

Por Josh Campbell

redaccion@elcolombiano.com.co

Uno de los grandes honores de mi vida fue subir al escenario en la academia del F.B.I. a recibir mi placa de agente especial del director en ese entonces, Robert Mueller. Después de 21 semanas de entrenamiento intensivo, mi clase hizo un juramento y se convirtió en agentes federales a quienes se les confió el solemne deber de proteger a los estadounidenses y defender la Constitución.

Después de más de una década de servicio, la que incluyó investigar terrorismo, trabajar para el rescate de víctimas del secuestro en el extranjero y ser asistente especial del director, con reticencia estoy entregando mi placa y dejando una organización que amo. ¿Por qué? Para poderme unir al creciente coro de personas que creen que los implacables ataques contra el buró menosprecian no solo a la principal agencia de aplicación de la ley de EE.UU., sino la seguridad de la nación. Mi renuncia es dolorosa, pero la alternativa de permanecer callado mientras la oficina se mancha para obtener beneficios políticos es imposible.

Una pequeña cantidad de mis colegas actuales y retirados han dicho que deberíamos mantener la cabeza abajo hasta que la tormenta pase. Digo esto con el mayor respeto: están equivocados. Si quienes mejor conocen la agencia se quedan callados, será definida por quienes tienen agendas partidistas.

Agentes del F.B.I. son personas obstinadas que no se preocupan por la dirección de los vientos políticos. Pero para tener éxito en su trabajo, necesitan respaldo público. Los ataques de tierra quemada por parte de políticos con objetivos partidistas ahora amenazan ese apoyo, planteando dudas corrosivas sobre la integridad de F.B.I. que podrían durar por generaciones.

Cuando un agente trabajando para detener un complot terrorista trata de contratar a un informante, el éxito del agente para recolectar inteligencia crítica depende de la creencia del informante de que el agente es creíble y confiable. Y, como el exdirector James Comey decía frecuentemente al subrayar la importancia de altos estándares, si un jurado cree el testimonio de un agente depende de si tiene fe en la honestidad e independencia de la oficina. Para ser efectivo, el F.B.I. debe creerse y debe mantener el apoyo del público al que sirve.

¿Los agentes del F.B.I. cometen errores? Claro que sí. Son seres humanos, porque no son infalibles.

¿Qué debemos hacer, entonces, con las recientes acusaciones de parcialidad política en el F.B.I., particularmente aquellas que involucran a dos empleados cuyos mensajes de texto escalofriantes siguen amenazando la reputación de la agencia? Aunque sería insincero decir que esos dos no son culpables al menos de ejercer un juicio increíblemente pobre, sería igualmente falso que cualquiera que conozca realmente la oficina moderna insinúe que la organización está tramando desde adentro.

Además, un memorando del Congreso publicado el viernes acusa al F.B.I. y el Departamento de Justicia de abusar de sus poderes de vigilancia para espiar a un exasesor de campaña de Trump. Pero cada hecho incluido en una declaración jurada para la recopilación de inteligencia extranjera debe pasar por el escrutinio de al menos 10 personas en la jerarquía del Departamento de Justicia antes de ser revisada por un tribunal independiente. El pueblo estadounidense puede estar seguro de que el trabajo crítico del inspector general se está llevando a cabo a fondo.

Sin embargo, existe una diferencia entre supervisión por parte de aquellos a cargo de hacer responsable al F.B.I. y críticas por parte de políticos buscando ganancias políticas. Agentes políticos están convirtiendo su desacuerdo con una investigación en particular en un arma para menospreciar la credibilidad de toda la institución. “El sistema está arreglado” es su eslogan y están politizando el proceso del Acta de Vigilancia de Inteligencia Extranjera usado para recolectar inteligencia crítica sobre nuestros adversarios.

La suposición entre empleados confundidos y consternados del F.B.I. es que los ataques están destinados a suavizar el golpe si la investigación del Sr. Mueller, el abogado especial, resulta en cargos adicionales. Sin embargo, este tipo de ataques de personas poderosas van más allá de la mera crítica: podrían destruir la institución. Aunque los partidarios revisionistas de la crítica afirman que su ira está reservada para el liderazgo institucional y no para la base, es el agente del F.B.I. en la calle el que se verá más severamente afectado a medida que el apoyo público por la aplicación de la ley federal se sacrifica para obtener ganancias partidistas.

Estos ataques políticos contra el buró tienen que parar. Si esos críticos de la agencia convencen al público de que no se puede confiar en el F.B.I., también tendrán éxito en hacer que nuestra nación sea menos segura.

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