Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 20 de marzo de 2018

¿Por qué Putin es una amenaza para Colombia?

«Niet, niet, niet. (No, no, no)». Así despachó ayer el Zar ruso, Vladimir Putin, la cuestión sobre si dentro de seis años, cuando concluya el mandato para el que fue reelegido abrumadoramente el pasado domingo, volverá a presentarse a las elecciones. Sin embargo, nadie en Oriente y Occidente le cree. Y es que este exagente del KGB ya es el líder ruso con más años en el Kremlin si exceptuamos a Stalin. Los 31 años de férrea dictadura comunista han sido sustituidos por 25 años, si contamos los cinco en los que intercambió papeles con su delfín Medvedev, en los que Putin ha perfeccionado un cóctel mezclado a partes iguales por vodka, nacionalismo exacerbado, capitalismo autoritario –previo paso por la ventanilla del ministerio correspondiente– y democracia de cristal en la que cualquier adversario con opciones reales acaba en un gulag siberiano o, peor aún, envenenado con polonio o cualquier porquería caducada de la era soviética. Nadie cree a Putin. Porque si decide retirarse a cazar osos en su dacha de la estepa allá por 2024 a buen seguro dejará a uno de los suyos en el cargo y ese títere no osará rebelarse contra su mentor, como sí ha ocurrido en Nariño. Nadie duda de que, tras 25 años en el cargo, Putin ha creado un engranaje perfecto para la mayoría de los rusos, que le han votado en masa, nada menos que 56,2 millones de electores, el 76,6 %. Aunque en otras dictaduras sin caretas, como la cubana o norcoreana, ese resultado haría rodar cabezas, para Putin es el resultado perfecto, ya que ofrece una falsa apariencia de democracia en la que, simplemente, la oposición se encuentra tan destilada que parece un atrezo más en la pantomima electoral organizada por el régimen.

Puede que el asunto les suene muy lejano, al fin y al cabo Rusia está en el otro lado del mapa, pero aunque no lo crean les toca muy de cerca, más allá de que Putin acabe de anunciar que dispone de armas capaces de sortear cualquier escudo antimisiles. Desde hace decenios, Rusia tiene metidas sus narices en Iberoamérica. En plena Guerra Fría, la extinta URSS vio la oportunidad de trasladar la tensión nuclear a las mismas puertas de Florida apoyando a los barbudos revolucionarios cubanos. Fue Kruschev, en los 60 del pasado siglo, quien logró responder a los gringos –que amenazaban Moscú con su Alianza Atlántica– manteniendo a Cuba, primero, como su as en la manga y luego, en los 70 y 80, extendiendo su influencia por todo el continente, desde Chile a Centroamérica. Sólo con la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos tuvo la oportunidad de suprimir cualquier oportunidad de que los rusos volvieran a tocarles las narices en su propia casa. Con Rusia devastada tras la desintegración de los 90 y China aún convertida en poco más que un arrozal, Washington desaprovechó la ocasión y en 1999 Chávez llegaba al poder en Venezuela y un año después, Putin en Rusia. La alianza pronto cuajó y los «agentes» petroleros de Lukoil comenzaron a dejarse ver por el Hotel Meliá Caracas en sus suburban blindadas. Cuba respiró y el chavismo se extendió como un cáncer por el continente con el respaldo de la triple entente: la tecnología rusa, el petróleo venezolano y la inteligencia cubana. Esa alianza se mantiene hoy y se extenderá otros seis años más gracias a la victoria de Putin. Seguirán llegando venezolanos moribundos a la frontera, expulsados por el régimen despótico de Maduro. Y muchachas capaces de prostituirse por un par de dólares gracias al apoyo del Kremlin al papanatas de Miraflores. Sí, Putin es una amenaza para Colombia y para toda Iberoamérica.

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