The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 15 de diciembre de 2018

Porqué la Navidad se centra en comida

Por Jennifer Finney Boylan

Después de cierta edad, la Navidad puede llegar con cierta oscuridad. Ya me he acostumbrado, a la forma en que los fantasmas del pasado se aproximan, pero aún es difícil. Extraño a mis padres. Lamento las amistades rotas. Me preocupa envejecer, el destino de la Tierra, la presidencia de este hombre terrible.

Y ahí estaba, una mañana la semana pasada, sentada al lado de la chimenea en mi casa en Maine mientras las lágrimas rodaban. Luego mi labrador de 13 años, Ranger, vino y puso su hocico gris sobre mi rodilla. Su cola golpeaba el piso. ¿Ey tú, parecía decir el perro. Recuerdas las cosas buenas. Como esto?

Cuando me enfoco en lo bueno, pienso, por encima de todo, en estar alrededor de una mesa con mi familia.

Le podría contar sobre nuestra tradición de cena navideña, la cual (dado que vivimos en Maine) es una bandeja de langostas, encima de una cama de ramas verdes cortadas del árbol. Sé que suena demasiado a Martha Stewart, pero lo hacemos en todo caso, no menos porque fue idea de mi hermana hace 20 años y pegó. Esa sería la hermana con la que tuve una pelea hace algunos años. Durante mucho tiempo no hablamos. Ahora, suavemente, con timidez, con cuidado, hemos encontrado nuestro camino de regreso a la vida de una y otra. Feliz Navidad, hermana mía. Te quiero.

De la misma manera, puedo contarles sobre la cena del día de Navidad, que con suerte serán bistecs, papas al horno y un vino francés. Fue mi alegre abuela, Gammie, quien comenzó esa tradición. Ella y su compañera Hilda, ya se fueron hace 28 años.

Fue mi abuela quien decidió que, cuando muriera, quería ser un cadáver, donado a la ciencia. Porque, según dijo, “cuando está muerto, está muerto”. Convenció a Hilda de ser cadáver también. Es algo que hicieron juntas.

Pero cuando estaban vivas, su comida navideña preferida, como la mía, era el desayuno.

Cuando se ha destapado el último regalo, entro en la cocina y luzco un ridículo gorro de chef. Habrá huevos revueltos. Habrá papas fritas; me gusta hacerlas con papas rojas, con aceite de oliva, sal kosher y menta picada. Y habrá un plato de tocino de arce ahumado, jamón Smithfield, salchichas toscanas.

Porque soy de Pensilvania, no muy lejos de la tierra de los amish, también habrá scrapple.

Si usted no sabe lo que es el scrapple, no hay razón para arruinarle las fiestas entrando en detalle. Digamos solo que ciertos subproductos de cerdo se combinan para formar un estilo de torta, la cual parto en tajadas, cubro en harina, y frito en una sartén. Ah, no haga caras. Le gustaría si le diera a probar.

Habrá jugo de naranja y cidra de manzana y café caliente.

Ahora que nuestro hijo, Sean, y nuestra hija, Zai, tienen más de 20 años, es probable que mi esposa y yo seamos las primeras en levantarnos. Deedie hará un rompecabezas junto al fuego. Está muy lejos de la década de 1990, cuando los niños nos despertaban a las 5 a.m., saltando en la cama. Extraño esos días. Pero estos también son buenos días.

Cuando era adolescente, odiaba sentarme alrededor del árbol con mi familia. Ahí estaban, mis padres hablando de Gerald Ford como si fuera San Juan Bautista; mi abuela, justo en el momento preciso, sacando su prótesis de seno de látex y agitándola en la cara de todos mientras gritaba: “¡Mira! ¡Es un milagro de la ciencia!

Luego, la tía Gertrude contaría, de nuevo, la historia de la Navidad en Prusia Oriental, 1920: su empobrecida familia atravesando una tormenta de nieve en un trineo tirado por caballos, su abuelo agarrando las riendas. Estaban pasando las vacaciones en su granja, a las afueras de Konigsberg. Del bosque se oían los aullidos de los lobos. Los seis niños se acurrucaban bajo una manta. Me apresuraba hacia la cocina para escapar. Allí, solo, escuchaba a WXPN en Filadelfia, mientras preparaba el desayuno gigante. La casa se llenaba con el olor a tocino crujiente, friendo lentamente papas y cebollas.

Me gustaba cocinar para mi familia; me gustaba alimentarlos. Simplemente no podía soportar estar cerca de ellos.

Cómo los extraño a todos, a estas ridículas personas. ¡Cómo los amaba! Lo que daría para hacerles el desayuno, solo una mañana más de Navidad.

Pero tal vez mi abuela tenía razón: cuando estás muerta, estás muerta. Sería Scrooge si estuviera tan cegada por lo perdido que no puedo ver lo que está justo delante de mi cara.

La mañana de Navidad, mi familia se reunirá alrededor de la mesa del desayuno: Sean, Deedie, Zai y yo. Tendremos huevos y tocino y papas fritas y scrapple. Y por la gracia de Dios, nos tendremos unos a otros. Ranger me mirará con su cara gris de perro. ¿Qué te dije? Recuerda las cosas buenas. Como esto.

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