Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 07 de octubre de 2017

Posdata para un corrupto

Me paro en esta esquina de la vida, en medio del torbellino de la actualidad, para seguir el rastro de sus protagonistas. Contemplo a los hombres públicos y miro sus desafueros de gloria y de poder, sus heroísmos y sus cobardías, sus rostros cubiertos con antifaces y mentiras, sus vanidades y sus miserias, sus miedos y sus petulancias, sus santidades y sus pecados. Todo este circo, toda esta batalla, todo este ritual de sueños y megalomanías acabarán arrasados por el viento gélido de la “inútil inmortalidad” de que habló un poeta chino.

Me siento asfixiado en este clima de enfrentamientos y confrontaciones, de paranoias institucionales que es la vida pública. Me aterroriza la esquizofrenia de escándalos que ruedan como piedras por un desfiladero de mentiras e intento entender qué sienten por dentro los funcionarios metidos en el ojo del huracán. Abrigo pesar por ellos y quisiera, por solidaridad, estar en su piel. Pero, lo confieso, ni por simple ejercicio mental soy capaz de estar ahí.

Y, doy gracias a Dios, o al destino, a la vida, por haberme librado de tal pesadilla. Entiendo a quienes ejercen la política, asumen con valor un cargo público y gastan sus vidas en lides que, supongo, les deparan satisfacción, tal vez algún placer de la libido del poder y, es de suponer, ganancias económicas. O, lo que es peor, la tentación de ser corruptos. Son vocaciones, la de los servidores no la de los corruptos, que hay que respetar y que son necesarias en el engranaje institucional de una sociedad. Pero yo -y creo que muchos lectores sienten lo mismo- no me veo allí. Y me siento feliz de no estar metido en política, de no ser funcionario, de no estar enredado en las telarañas de los escándalos.

Como un consuelo para los que están metidos en este remolino de sobresaltos, y como gratificación personal por estar alejado de esa turbulencia, recuerdo al poeta chino que hablaba del inútil premio de la inmortalidad. Y busco en mi faltriquera de papel que guarda apuntes de cosas leídas, unos versos del escritor chino Tao Chien, del siglo IV, que es considerado, junto con Li Po, uno de los mayores poetas de China. Que sirva de posdata a los escándalos de corrupción que son el pan nuestro de cada día.

Él vive en el campo y allá llegan para ofrecerle un cargo público. Cede a la tentación y acepta el ofrecimiento. Pero lo carcome la angustia, la indecisión. “Al pensar en el viaje el sueño huye de mí;/ en medio de la noche me levanto sobresaltado./ No, amigos, el canto de Sang no es para mí;/ mi corazón añora la soledad del campo”. Decide entonces dejar el puesto y regresar a su retiro: “Me arranqué el gorro de la borla de jade y me volví a casa./ No deseo cargos oficiales;/ solo quiero cultivar mi verdadero yo,/ bajo un techo de paja,/ y dejar un nombre limpio”.

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