The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 13 de agosto de 2018

Presidente Trump, el Mejor Amigo de los Autócratas

Por SUSAN E. RICE
redaccion@elcolombiano.com.co

Luego de que el ministro de Relaciones Exteriores de Canadá tuiteara su preocupación por el encarcelamiento de destacados activistas de derechos humanos y derechos de las mujeres por parte de Arabia Saudita, los saudíes trataron esta semana de castigar a Canadá e intimidar a otros críticos potenciales. Juraron interferir en los asuntos internos de Canadá; expulsaron al embajador de Canadá y retiraron el suyo; congelaron el comercio y la inversión futura con Canadá; y amenazaron con sacar a miles de estudiantes sauditas de las universidades canadienses. Normalmente cuando se enfrenta a este tipo de desafíos, el Departamento de Estado, bajo las administraciones tanto demócrata como republicana, emitiría una declaración como esta:

“Estados Unidos apoya firmemente el derecho universal de todas las personas para expresar sus posturas libremente y criticar las políticas de su gobierno de manera pacífica. Estados Unidos está profundamente preocupado por el reciente encarcelamiento de activistas líderes de la sociedad civil y las mujeres en Arabia Saudita y se une a Canadá en exigir su libertad inmediata. Lamentamos que Arabia Saudita, un socio importante de Estados Unidos, ha reaccionado a la expresión de preocupación de Canadá con retórica excesiva y acciones que son detrimentales para ambos países. Alentamos tanto a Arabia Saudita como a nuestro aliado Canadá a reanudar el diálogo para restablecer las relaciones normales”.

Es así como, de acuerdo con el liderazgo global tradicional de Estados Unidos en defensa de los derechos humanos, reiteraríamos rechazo de larga data a los abusos saudíes. Apoyaríamos a Canadá, un aliado de la Otan y vecino indispensable, cuya declaración no fue dura ni mal concebida. Sutilmente señalaríamos a Arabia Saudita que si tienen un problema con Canadá por esto, entonces también lo tienen con Estados Unidos, porque ninguno de nosotros será intimidado para reducir nuestras críticas a amigos o enemigos, cuando sea necesario.

En cambio, después de una respuesta inicial sorprendentemente débil el martes, la portavoz del Departamento de Estado, Heather Nauert, dijo lo siguiente:

“Tenemos un diálogo regular con el gobierno de Arabia Saudita sobre los derechos humanos y también otros asuntos. Este caso particular con respecto a Canadá, lo planteamos con el Gobierno de Arabia Saudita. Son amigos, son socios, al igual que Canadá. Ambas partes necesitan resolver esto diplomáticamente. No podemos hacerlo por ellos”.

Falsa equivalencia. Negativa a criticar obvios abusos de derechos humanos. La abdicación del liderazgo moral estadounidense.

Este es el sello distintivo del enfoque de la administración Trump sobre las violaciones de los derechos humanos, particularmente cuando las cometen amigos autocráticos. En este caso, la administración dejó a Canadá balanceándose en el viento, les dio cobertura a los europeos para que miraran hacia abajo en lugar de tomar responsabilidad, y transmitió a Arabia Saudita y otros que pueden cometer abusos sin una palabra de preocupación, y mucho menos condena, por parte de Washington.

La postura de los Estados Unidos refleja la carta blanca que le hemos otorgado al príncipe saudita de 32 años, Mohammed bin Salman, para actuar con impunidad en una amplia gama de cuestiones. El príncipe heredero ha sido agasajado y celebrado desde Wall Street hasta Hollywood, donde sus acólitos saludan su diversificación económica y sus reformas sociales, que incluyen otorgar a las mujeres el derecho a conducir y a los jóvenes la libertad de asistir a películas y conciertos extranjeros seleccionados.

Aunque estos pasos son bienvenidos, ocultan un grupo de políticas domésticas y extranjeras más oscuras que el príncipe está persiguiendo para el detrimento de los intereses americanos. Ha reprimido duramente a los activistas, encarcelado a miembros de la familia real y hombres de negocios sin el debido proceso por cargos de corrupción y brevemente secuestrado al primer ministro del Líbano. Junto a los Emiratos Árabes Unidos, el príncipe heredero ha llevado a cabo una implacable guerra contra el houthi respaldado por Irán en Yemen, donde ha utilizado el apoyo logístico y las armas estadounidenses, algunos proporcionados por el gobierno de Obama, para bombardear indiscriminadamente a civiles, se reporta que ha colaborado cuando conveniente con los combatientes de Al Qaeda, y limitó la entrega de la ayuda que se necesitaba desesperadamente.

No es de extrañar que estos países aman al presidente Trump, porque a diferencia de sus predecesores, Estados Unidos se ha hecho a un lado y jugado al muerto mientras ellos hacen lo que les da la gana. No es exactamente cosa del liderazgo.

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