The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 07 de diciembre de 2018

Putin tiene que ser castigado

Por PETRO POROSHENKO

En 2014, por primera vez en siete décadas, un Estado trató de volver a dibujar el mapa de Europa por medio de la agresión militar. El robo de Rusia de la península de Crimea de Ucrania invitó a la condena y las sanciones económicas de todo el mundo. Pero a medida que la cobertura de noticias pasó a otros temas, se dejó a Moscú para diseñar un nuevo asalto: un puente de 12 millas entre el continente ruso y Crimea.

El pueblo de Ucrania no se sentará a observar mientras Rusia continúa su lenta anexión de nuestro país. Hace cuatro años, en el tiempo que siguió a nuestra revolución, Ucrania por sí sola no fue capaz de soportar una aventura militar rusa.

Por eso he promulgado una ley marcial limitada en el territorio ucraniano cerca de la frontera rusa, para que podamos movilizar y proteger nuestra seguridad en caso de que Rusia se atreva a intensificar su agresión. Pero también necesitamos el apoyo de la comunidad internacional en forma de nuevas sanciones contra Moscú por su último ataque.

El ataque de Rusia en el estrecho de Kerch y el Mar Negro el 25 de noviembre no fue un incidente aislado. Desde 2014, Rusia ha violado regularmente las normas internacionales de navegación y tratados tanto en esas aguas como en el Mar de Azov. Ha robado nuestros suministros de energía y pesquerías, ha dañado los medios de vida de Ucrania y ha bloqueado el tráfico y el comercio hacia nuestros puertos.

Este verano, Rusia elevó las tensiones, deteniendo con regularidad barcos con destino a puertos ucranianos. Demoras extensas pueden costar a cada barco hasta entre US$ 10.000 y US$ 12.000 al día en cada dirección. Rusia se está involucrando en guerra económica, tratando de sofocar lentamente nuestros mercados de exportación. Empleos se han perdido, medios de supervivencia destrozados, comida desperdiciada, y bienes que se supone lleguen a Europa y el Medio Oriente han sido demorados. Las palabras de condena por parte del occidente sólo han empeorado el comportamiento de Rusia.

Rusia llevó la situación a un punto crítico el 25 de noviembre cuando los barcos navales ucranianos intentaron abrirse camino, legal y pacíficamente, desde el puerto ucraniano de Odessa hasta el puerto ucraniano de Mariupol. Permítanme aclarar que a pesar de los esfuerzos típicos de Rusia por distorsionar la verdad, los barcos de Ucrania nunca agredieron a la armada rusa, nunca abrieron fuego a pesar de ser presos, fueron atacados con disparos y misiles y fueron capturados mientras navegaban a casa en aguas internacionales.

Este fue un ataque militar directo y no provocado por las fuerzas armadas rusas contra Ucrania. Moscú no se escondió detrás de “hombrecitos verdes” como lo hizo en Crimea en 2014 o sus militares en “vacaciones”, como afirmó cuando comenzaron las hostilidades en el este de Ucrania el mismo año. Moscú ni siquiera intenta engañar al mundo esta vez.

La crisis continúa, ya que nuestros soldados y barcos están bajo custodia rusa, cientos de barcos están bloqueados en el Mar de Azov, y los rusos les han negado el permiso para pasar por el estrecho de Kerch. Estos no son solo barcos ucranianos; llevan las banderas de otros países y efectivamente han sido dominados por Rusia.

Estos eventos recientes inciden directamente en la seguridad de toda la OTAN. Rusia ahora tiene un número desafiante de barcos navales en el Mar Negro, lo que significa que puede amenazar a los miembros de la OTAN, Rumania, Bulgaria y Turquía. Y eso puede ser solo el comienzo. Rusia también tiene una presencia significativa en el mar Báltico.

El objetivo de Rusia es obvio: quiere regresar a una era donde las propiedades y las tierras son confiscadas por la fuerza. Comienza con Ucrania y continúa hacia el oeste hasta donde el mundo democrático lo permita. Los países democráticos ahora deben tomar una decisión: defender lo que es correcto o continuar apaciguando al presidente Vladimir Putin. Si la historia nos ha enseñado algo, es que el apaciguamiento tiene costos mortales.

Cuánta más hostilidad será necesaria antes de que las palabras de preocupación del Occidente se conviertan en la moneda con la cual opera el Kremlin - la fuerza?

Mientras Occidente está hablando, Putin está actuando. Es hora de responder.

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