Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 15 de noviembre de 2018

Rostros fugaces (3)

Modestia, apártate, pero entre 45,5 millones de colombianos poquísimos tenemos autógrafos de dos campeones mundiales de ajedrez.

Y se pueden contar con los dedos de la mano quienes fuimos derrotados por uno de ellos. Hay palizas que mejoran currículos.

Recordé migajas de mi prontuario ajedrecístico porque en Londres, el campeón Carlsen, noruego, con cara de malas pulgas, y el retador Caruana, italo-norteamericano, con cara de niño que se toma la sopa, disputan el título mundial de ajedrez.

Informa El País, de Madrid, que antes de la tercera partida del match el diseñador Daniel Weil presentó un programa informático “que produce cierta música según el tipo de jugada que se hace en el tablero”. Esperemos a ver qué sinfonía o qué melodía de carrilera sale de este match.

Sumen las fortunas de Bill Gates, Warren Buffett, Carlos Slim, los reyes árabes del petróleo, Sarmiento Angulo, Zuckerberg, creador de Facebook y este aplastateclas, y entre todos seríamos incapaces de inventar un juego que supere en belleza y exigencia al ajedrez.

La era digital está tierna como nalga de bebé pero dudo de que dentro de dos mil años se hable de equis deporte inventado en 2018.

Desde antes de Cristo, cuando se llamaba chaturanga, el poeta latino Publio Ovidio Nasón escribía sobre ajedrez. Simplemente Ovidio les aconsejaba a las romanas quedadas utilizarlo como arma de seducción.

El primer conejo de la historia también tiene origen en el ajedrez (poner conejo en la acepción de negar la cuenta). En ese pecadillo incurrió el rey para el que fue inventado el juego.

El monarca le pidió al lúdico creador que le pasara la factura respectiva pero cuando los matemáticos, ábaco en mano, hicieron la cuenta descubrieron que no había con qué pagar los 18.446.744.073.709.551.615 granos de trigo pedidos.

Distingo a Spassky desde hace 46 años cuando perdió con Bobby Fischer el campeonato mundial.

Me tocó transmitir por Todelar las jugadas que llegaban a través de los teletipos de las agencias internacionales en las que hice mi master en periodismo.

El maestro Boris de Greiff hacía lo mismo en Caracol. Transmitir ajedrez por radio es tan emocionante como transmitir un estornudo, pero tocaba honrar el contrato de trabajo.

Con Spassky me encontraría fugazmente como uno de los 30 privilegiados tableros escogidos para jugar unas simultáneas contra el soviético. Jugar simultáneas me parece tan exigente como hacer el amor varias veces al mismo tiempo.

Aproveché para coronarle escueto autógrafo que estampó en el libro “El match del siglo” (Spassky-Fischer) de Ludek Pachman.

Coroné otro autógrafo durante la visita que nos hizo el excampeón Garry Kasparov quien vino acompañado de su novia y de su almohada que jamás abandonaba.

No lo podría jurar, pero entiendo que el armenio suspendió las programadas simultáneas cuando supo que tendría a este negro al otro lado del tablero. Enroco sobre mi modestia y desaparezco....

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