Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 07 de mayo de 2018

SE PREMIA LA MEDIOCRIDAD

Son muy bajitos los estándares morales y éticos de una sociedad cuando predomina una tendencia fortísima a castigar la excelencia y premiar la mediocridad. Nivelar por lo bajo en países de agudo subdesarrollo cultural es, no sólo una costumbre y una consigna, sino también una política institucional que se transmite de generación en generación.

Dos ejemplos ilustrativos: En el torneo de fútbol, el equipo que puntea en la tabla desde el principio hasta el fin, tiene que vérselas con los siete que le siguen para demostrar que sí es el campeón. No valen su excelencia deportiva, su acreditación suficiente como el mejor a lo largo de tantas jornadas y la obtención del primer puesto con base en el juego limpio. En la política, al candidato que obtenga la mayoría en la primera vuelta le toca repetir el resultado contra las alianzas emergentes y desesperadas que se forman para cerrarle el paso a toda costa.

En una sociedad seria no se acepta esa fórmula proterva de barajar para volver a dar hasta ver cómo se le malogra la más alta calificación al que la alcanzó en franca lid. El que ganó, ganó, aunque les pese a los malos perdedores. En el caso del fútbol, gracias a la fuerza física, la táctica y la estrategia para hacer goles y ganar partidos. En el de las elecciones, merced a la capacidad de convicción a los ciudadanos y de convocarlos hasta aventajar en votos y voluntad general a los oponentes.

En la vida diaria se reproduce ese antimodelo de castigo a los que reúnen méritos y de premio a los que acumulan las condiciones de los mediocres. Al estudiante, al profesor, al empleado, al jefe que sobresalen les atraviesan todos los obstáculos para frenarles la carrera. Mientras tanto, el intrigante, el lagarto, el lambón, el parásito, acaban superando a los primeros y se montan al podio los muy caraduras.

¿Qué sentido tiene el octogonal final del balompié, cuando ya se ha definido cuál es el mejor de los equipos y debería alistarse la ceremonia de entrega de la copa o la estrella? ¿Y cuál es la verdadera y razonable justificación para que al candidato que sume el más alto número de votos se le someta a una segunda vuelta en la que podría alcanzarlo una mayoría artificial, tejida con argucias, componendas y arreglos de cálculo y conveniencia ocasionales que ni siquiera van a garantizar gobernabilidad ni consistencia para cumplirles a los electores?

La segunda vuelta o balotaje no la aplican (con alguna excepción especialísima) en los países avanzados en la democracia. Además en todos ellos el ciudadano sabe que no se premia la mediocridad y los méritos van a ser reconocidos. Se le respeta como persona.

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