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Publicado el 17 de septiembre de 2018

Selección de élites

Por Fernando Vallespín

redaccion@elcolombiano.com.co

Dicen que la creación artística es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración. De la política se podría decir que es un noventa por ciento de gestión y un diez por ciento de representación. Pero no de una representación cualquiera, sino de una espectacular y constante escenificación del desacuerdo. Como en la primera, donde solo somos capaces de ver la genialidad, en la política desaparece también la parte oculta, esa cotidiana e inevitable labor administrativa. Al final, lo que siempre nos queda en la retina es el estruendo de la confrontación entre sus protagonistas. No es extraño, por tanto, que Richard von Weizsäcker afirmara que “el político de profesión no es ni un especialista ni un diletante, sino un generalista únicamente experto en oponerse a un adversario”.

Quizá por eso mismo, el político-burócrata, centrado en la gestión, ha ido dejando poco a poco el paso al político-gallo de pelea, al político agonístico. En estos momentos donde prevalece la economía de la atención y en los que todo se reduce a saber comunicar, la mejor manera de conseguir impacto es ejerciendo el matonismo dialéctico. Porque es lo que espera la audiencia, contagiada también de esa pugna por “poner al otro en su sitio”; exige ser “entretenida”. Como en el circo romano, importa más la sangre que el virtuosismo con las armas.

Lo hemos vuelto a ver en las escaramuzas de la guerra de los másteres/tesis. Son todos muy buenos, saben cómo aguijonear al adversario. ¿Para qué necesitan esa supuesta formación complementaria en derecho autonómico o diplomacia económica? La actual socialización de las élites políticas ya no precisa de la Universidad. Si, como en la República de Platón, los filósofos tuvieran que elegir a los gobernantes, hoy se fijarían en su comportamiento en el patio del colegio; luego los meterían en un partido para que fueran cogiendo soltura en eso de oponerse a un adversario, y después les darían un curso básico de retórica. No hace falta más nada.

Platón se equivocó, no deben gobernar los sabios, sino los guerreros, aquellos dotados de “carácter” (thymós). Ahora ya no para la guerra, les basta con ser duchos en la paradiástole, que diría un retórico: en encontrar siempre un argumento opuesto al de su contendiente. Ejercitarse en esta práctica es la llave maestra que abre las puertas al éxito político. Lo sabían bien los antiguos, pero pensaban que para ejercerlo con eficacia hacía falta algún tipo de formación básica. Hoy nos consta que es prescindible. Es un proceso darwinista, para sobrevivir en su profesión solo hay que aprender a vencer a sus antagonistas.

No hay nada dramático en esto. Nos guste o no, la política es una permanente pugna amigo/enemigo. Pero nos queda el inmenso continente sumergido, la política como administración. Para cultivar esta imprescindible tarea, la que está detrás de los focos, sí hace falta una formación técnico/universitaria. ¿Hay alguien ahí que sepa seleccionar a los más capaces para llevarla a cabo?.

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