Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 20 de abril de 2017

Ser un libro

En estos tiempos inciertos, de amenazas nucleares, por ejemplo, he recordado mucho a Amos Oz, especialmente un par de fragmentos de su libro autobiográfico: “Una historia de amor y oscuridad”. “Por aquellos años, como he dicho, esperaba crecer y convertirme en libro. No en escritor, sino en libro. Por miedo”. Eran tiempos violentos en Jerusalén (en realidad no han cambiado mucho las cosas), los tanques de Rommel casi habían llegado a Eretz Israel. Los aviones italianos habían bombardeado durante la guerra Tel Aviv y Haifa. “Y quién sabe qué más nos harían los británicos antes de irse”, escribe Oz. Los niños tenían miedo, sabían que muchos de ellos no crecerían. Los judíos temían porque muy pronto los quemarían a todos.

¿Y cómo librarse de la guerra absurda? Convirtiéndose en libro. “Es cierto que no es difícil quemar los libros, pero a pesar de todo, si crecía y me convertía en libro, tenía la posibilidad de que un ejemplar perdido consiguiera salvarse, aquí o en otro país, en alguna ciudad, en alguna biblioteca remota, en el rincón de un estante olvidado por Dios: yo había visto con mis propios ojos cómo los libros consiguen esconderse, introducirse en la oscuridad del polvo entre tomos apretados, debajo de montones y montones de fascículos y revistas, y encontrar un escondite oscuro dentro de otros libros...”. A mí esa metáfora de Oz me consuela y la suelo releer cuando siento que el mundo me queda grande.

También me encanta la búsqueda que emprende Elías Bonfim, el protagonista de un libro bellísimo de Afonso Cruz, Los libros que devoraron a mi padre. En esta novelita corta, que es un deleite para quienes amamos los libros, Elías recibe al cumplir sus 12 años una llave que le abrirá la puerta del ático, un lugar perfecto para el asombro, para recorrer los pasos de quien no pudo conocer en vida, de quien un día se metió en un libro y nunca más volvió a saberse nada más de él. “Por fin iba a conocer a mi padre, iría tras él, iría a recorrer todas las palabras que él había recorrido, lo encontraría detrás de una frase, entre personajes de alguna novela. O eso creía”.

Elías descubre en la biblioteca de Vivaldo Bonfim tanto a los libros como al ser humano, como debe ser, descubre que “somos seres complicados que se rigen por cosas muy simples”, descubre qué es eso del bien y del mal, la conciencia y la culpa, la amistad y la muerte en compañía de personajes ficticios de la vida real, como Raskólnikov, por ejemplo.

Este libro de Cruz y los pensamientos aparentemente inocentes del pequeño Amos Oz, nos demuestran que los libros están realmente vivos, que esos universos paralelos no son un montón de hojas de papel, son una puerta que se abre para superar una ausencia, para entender la muerte de otra forma, para refugiarnos en ellos, no para huir del miedo sino para superarlo.

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