Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 24 de julio de 2018

Servicio social obligatorio

«Cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo espanta las moscas». El dicho viene que ni al pelo para la sucesión de estupideces que perpetran los jóvenes de hoy. Bien es sabido que la pubertad es propicia para la comisión de toda suerte de desmanes, más o menos vandálicos, y para forzar los límites del cuerpo, que por entonces creemos indestructible. Hay al menos una centena larga de instantáneas en mi vida correspondientes a esa etapa que de haber quedado recogidas en las redes sociales me impedirían hoy no ya ser candidato a la Presidencia, aunque sea de la comunidad de vecinos, sino pisar la calle. Porque aunque ustedes me vean con esta carita de no haber roto un plato, con esa pose impostada a conciencia en la foto que acompaña estas letras, no soy precisamente un angelito. Por ser más precisos: en mí habitó el mal. Lo admito. Y lo disfruté a conciencia, que para eso uno era joven, qué diantres. Tanto que mi adolescencia fue tan turbulenta como las de Bukowski, Kerouak y Borroughs juntos. Ahí es nada.

Pero como uno va peinando canas hasta en el alma, y aunque de vez en cuando me salga el bicho malo que llevo dentro, es mi deber llamar la atención a las nuevas generaciones sobre los errores fatales que hoy parecen estar de moda. Empezaré por el llamado «balconing». Un invento de los jóvenes británicos, pueblo siempre belicoso que, en ausencia de guerras, manda a sus huestes a desfasar sin freno por las Españas, que consiste en saltar a las piscinas, mamados hasta las trancas de cerveza o licores espirituosos de más alta graduación, desde los balcones de las habitaciones en las que se hospedan. El resultado suele ser casi siempre funesto y todos los veranos caen como chinches una veintena de anormales, varones en su muy inmensa mayoría, que quedan lisiados para el resto de sus vidas, en el mejor de los casos, tras tan enriquecedora experiencia. Recuerdo el caso de un joven militar británico, cuyo nombre me guardo por respeto, que a sus 19 primaveras se fue a criar malvas practicando el dichoso «balconing» en Ibiza. Su desdichada madre clamó en contra del hotel, a ver si rascaba algo en concepto de indemnización, aduciendo que, aunque a su hijo le habían visto antes de lanzarse al abismo correteando desnudo por los pasillos y mordisqueando las plantas de plástico, jamás consumía drogas por los controles del Ejército británico. La autopsia desveló que el muchacho se las había comido todas del tirón. Pero pese a las desgracias, la potencia de las nuevas drogas de diseño convierte en peleles a quienes las consumen y todas las temporadas volvemos a ver salpicadas las páginas de los diarios con muertes tan absurdas como estas.

Otra sandez de moda, al menos a este lado del charco, es el consumo playero de gas de la risa, que se ha cobrado algunas víctimas por efecto del «shock» instantáneo que provoca. Por lo visto, la chavalería de medio mundo que nos visita estos días es incapaz de reírse sin mierda encima, así que se meten hasta óxido nitroso que inhalan en globos de cumpleaños. Como en una fiesta en la que los payasos son ellos.

Algunos de estos hechos me llevan a pensar que los jóvenes de hoy disfrutan, en su mayoría, de demasiados privilegios y pocas obligaciones. Habría que canalizar toda la fuerza que tienen en su interior en una prestación social obligatoria de al menos un año a sus sociedades. Semigratuita o a cambio de bonificaciones en transportes públicos o becas. Para atender ancianos o discapacitados, repoblar y limpiar montes, ríos o costas, ayudar a la fauna en riesgo o ejercer de informadores turísticos, entre otras valiosas aportaciones de las que extraerían experiencias e incluso aprenderían oficios. Nos evitaríamos así el penoso espectáculo global de cada fin de semana: una juventud ebria por no saber qué hacer.

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