The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 08 de diciembre de 2018

Sí, Debería Pasear su Gato

Por David Grimm

Hace unos 13 años, mi novia y yo comenzamos a dar paseos por nuestro vecindario. Cuando salíamos de la casa, los autos a menudo se quedaban en la intersección de enfrente un poco más tiempo de lo normal. La gente nos detenía a hacer preguntas. Y los clientes de un restaurante al otro lado de la calle enmarcado por grandes ventanales de vidrio de vez en cuando salían corriendo y gritaban: “¡Son ustedes, hemos oído hablar de ustedes!”

Tal vez esto no era tan sorprendente. Al fin y al cabo estábamos paseando a nuestros gatos con arneses.

No estábamos tratando de iniciar un movimiento. Y no éramos las únicas personas en el país que tuvieron la loca idea de comprar un arnés para perros pequeños, atarlo a un felino confundido y rezar para que las decenas de millones de años de evolución que separan a los perros de los gatos se evaporen repentinamente. Solo queríamos que nuestros dos gatitos, Jasper y Jezabel, experimentaran más del mundo de lo que había en nuestro pequeño apartamento de 800 pies cuadrados en el corazón de Baltimore. También queríamos evitar que se lanzaran hacia el tráfico.

En las últimas dos décadas, ha habido un movimiento creciente para confinar a nuestros amigos felinos en el interior. Los veterinarios argumentan que esto extiende significativamente sus vidas, protegiéndolos de enfermedades, automóviles y depredadores. Los defensores de la vida silvestre afirman que los gatos que viven al aire libre son una plaga para los ecosistemas, que matan a innumerables aves y pequeños mamíferos cada año. Cada vez más, parece, nadie quiere cruzarse con un gato al aire libre.

Sin embargo, los gatos pertenecen a una orgullosa raza de reyes de sabana y carnívoros nómadas. Sus antepasados se escabulleron de los desiertos del Cercano Oriente hace 10.000 años para cazar ratones en nuestras aldeas tempranas, y desde entonces han tenido libertad para deambular por nuestras selvas del patio trasero. No han evolucionado para dormir en nuestras salas.

La gente comenzó a mantener a los perros como mascotas de interior en gran número a fines del siglo XIX, gracias a la invención de los champús contra pulgas y garrapatas. Y sin embargo, los gatos se quedaron afuera. Incluso la llegada de Kitty Litter en 1947 no pudo contenerlos completamente; gatos callejeros todavía merodeaban por callejones en la noche, en busca de un compañero, o una pelea. El gato del interior de hoy es un tigre al que le robaron su dominio, un Lamborghini que se quedó en el garaje.

Entonces ¿cómo honramos a gatos, a medida que los protegemos del mundo -y al mundo de ellos?

La solución está en lo que hemos hecho con perros por décadas. Tenemos que empezar a pasear a nuestros gatos. No estoy diciendo que tenga que atar a los gatos en correa como nosotros. A ellos nos les gusta que se les diga a dónde ir. Pero debemos dejar salir a nuestros gatos entre 30 y 60 minutos al día para pasear por jardines, caminar por las aceras y desaparecerse detrás de arbustos.

Y deberíamos estar ahí para ciudarlos. Los debemos cargar cuando se dirigen hacia la calle. Debemos silbar o aplaudir cuando empiezan a perseguir a un pájaro. Y deberíamos tener una bolsa de golosinas para cuando sea hora de llamarlos para que vuelvan a entrar.

No permitimos que nuestros perros vaguen sin supervisión ni destruyan lo que quieran. Debemos ejercer la misma responsabilidad con nuestros gatos.

No le voy a mentir. Pasear a un gato no es fácil. Va a pasar mucho tiempo solo de pie allí mientras los gatos charlan con las ardillas. Les va a perder el rastro cuando se devuelven y se esconden debajo de un arbusto. Va a recibir preguntas de sus vecinos, preocupados porque tal vez finalmente se enloqueció. Lleve una revista - y sentido del humor.

Es posible que no sea mucho cardio, pero lo más probable es que consiga nuevos amigos. Y con cada día, verá como su gato cobra vida de maneras asombrosas, corriendo, escalando, saltando y convirtiéndose en uno con el mundo salvaje que lo rodea. Y se maravillará ante el milagro de este depredador, una vez temible y solitario, que decidió ser su mejor amigo.

Cuando su gato regrese a casa, creo que encontrará, como lo hemos hecho, que regresa como un ser completo, uno que ha salvado su corazón salvaje y que ahora está perfectamente contento de ser el león en su regazo.

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