Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 11 de octubre de 2017

Sobre la muerte violenta de Luis Gil

En Castilla, hace una semana, la violencia insulsa que todavía mancha a Medellín segó la vida de Luis Gil, uno de los 200 jóvenes que han sido asesinados este año en la ciudad. Tenía solamente 26 años.

Hace unos meses, junto a mis colegas de la Columbia University de Nueva York, lo conocí brevemente, mientras con otros animaba un evento para fortalecer los vínculos comunitarios. Ese era su compromiso de vida.

La historia de Luis es particularmente significativa. De hecho, no se valora plenamente el compromiso que él tenía con su comunidad, si no se tiene en cuenta que durante su adolescencia fue explotado por los adultos de un combo. Hasta que un día, cuando se presentó para recoger una “vacuna”, el dueño de la casa lo invitó a participar en una reunión de los jóvenes del barrio. Luis aprovechó la invitación y aquella reunión le cambió la vida.

De hecho, quedó fascinado con el compromiso de aquellos jóvenes de mejorar las condiciones de vida del barrio. Le gustó aquel liderazgo positivo. Dejó el combo, y se convirtió en un constructor de comunidad. En los últimos años, lo hizo como miembro de la Mesa de Derechos Humanos y del Movimiento Tierra en Resistencia.

Por eso, la vivencia de Luis nos recuerda que el cambio es posible. La vida no se desarrolla de manera lineal, sino en medio de contradicciones. Tampoco se desarrolla de manera aislada, sino dentro de unas redes de relaciones complejas. El cambio se puede dar cuando en un territorio se fortalecen aquellas redes que invitan a los jóvenes a imaginar y a construir un proyecto de vida positivo.

Estas redes no pueden estar limitadas solamente a un barrio, sino que tienen que extenderse a toda la ciudad, para ser vías comunicantes que transmitan el talento, el potencial y las oportunidades que tiene Medellín. En otras palabras, hay que imaginar la ciudad como una red de redes y fortalecer los vínculos entre estas redes.

Otra enseñanza la da el señor que invitó a Luis a unirse al grupo de jóvenes. Este señor no miró a Luis ni con odio ni con indiferencia, a pesar de que se había presentado para “vacunar”. Su mirada fue de amor y compasión. Es la mirada que puede transformarlo todo. Porque el odio y la indiferencia nos separan y nos vuelven extraños. Mientras que la compasión nos une, nos hace sensibles a la condición y a la necesidad del otro. Es la mirada que construye ciudad.

Por eso, la historia de Luis nos dice que el fin de la violencia ocurre no solo por la represión del crimen, sino por el fortalecimiento de los vínculos comunitarios. O sea, ocurre por la multiplicación de las miradas de compasión, que no es solamente un sentimiento, sino también (como lo muestra el ejemplo de Julio) acción y conocimiento.

Entonces la vida y la muerte violenta de Luis nos enseñan algo muy valioso: la necesidad, como ciudad en su totalidad, de pasar del odio y la indiferencia, a la compasión y al compromiso.

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