José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 10 de noviembre de 2018

SOBRE TANTO CO2

Estación Inhalador, a la que llegan tosientes, asmáticos, gripudos, trotadores, pasajeros de bus, peatones, meditantes de avenida, gente de balcón y de esquina, y cualquiera que habite las calles repletas de buses, carros, motos, pregoneros de aguacates y mazamorra, camiones y gente que ansiosamente despide humo por toda clase de mofles, a más de hacer ruido y frenar, lo que ya implica que al CO2 producido por la mala gasolina y ACPM se le unen partículas de llanta, trozos minúsculos de clutch (en español se dice embrague) y olores de aceite y gases. Y en esta humareda cuajada de malos olores y partículas diversas, los bronquios son un cedazo que cuela toda clase de porquerías convirtiendo pulmones, sangre y cerebro en váyase a saber qué cosa. Y en medio de todo esto, avisos de espacio libre de humo, burlándose de respiradores y ojos enrojecidos. Y claro, no falta el perro que orine al lado de estos anuncios.

De los planetas del sistema solar, Saturno y Júpiter tienen una atmósfera gaseosa que impide que allí se pueda vivir y por esta razón los escritores de ciencia ficción no hablan de jupiterianos ni saturninos (el saturnismo es enfermedad que acredita palidez negruzca), a no ser que los pinten como una forma de energía en desorden, prendiéndose y apagándose, chirriando y silbando. Y al paso que vamos nosotros, la Tierra será otro planeta gaseoso y váyase a saber qué distopía irá a crear, pues esto de respirar veneno y mantener cerca energía radioactiva (las pilas de las computadoras y celulares, por ejemplo), augura cosas peores que el manejo político (que es la causa) y la contaminación su consecuencia.

Desde el siglo 19 habitamos el humo en las ciudades. Y donde se dio la desindustrialización (vendida la cuota de carbón, la economía se vino al piso), el humo de las chimeneas fue reemplazado y aumentado con creces a partir de la venta desmesurada de vehículos con motores de explosión, en especial de dos tiempos, que son los agentes más contaminantes. Y en este encender motores, moverse contaminando (a esto le dicen fuentes móviles de contaminación) y negarse a los motores eléctricos, el aire se enrarece, se carga y comienza a hacer daños en la gente que, por más mascarillas que se ponga, es bombardeada por todo tipo de partículas y en consecuencia, aparecen enfermedades, agresividades y daños cerebrales, pues la carga contaminante que nos toca, altera el uso de los sentidos.

Acotación: Se sabe que los malos gobiernos, a falta de industrias, viven en buena parte de todo lo que se mueve consumiendo combustibles fósiles. Y a pesar de falacias como pico y placa (la alcaldía se gastó 421 millones en una mejicanada), el orden vial no se cumple, se repletan las calles y como el negocio son las tecnologías viejas, lo eléctrico frenado. Dan ganas de seguir tosiendo.

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