Manuela Zárate
Columnista

Manuela Zárate

Publicado el 17 de julio de 2017

Sobre un país que quiere recobrar lo perdido

Cuando tenía cuatro años mi mamá me llevó a conocer el Metro de Caracas. Todavía tengo la foto en mi álbum, ella cargándome frente a uno de los vagones plateados con líneas de colores que durante tanto años fueron el orgullo de la capital de Venezuela. Ese día tenía fiebre, pero lo recuerdo con esa lucidez que dejan algunos recuerdos de la primera infancia. Soy la menor de cuatro hermanas. Las tres mayores me llevan unos cuantos años. Soy lo que llaman comúnmente hija de viejos. Quizás por eso siempre me he sentido como un alma que le lleva un poco más a mi edad física. Aunque mi personalidad es abierta, a veces impulsiva, poca gente logra captar que soy una persona más bien introvertida. Prefiero la soledad de mi cuarto, con mi pequeña biblioteca, mi lámpara plateada y el sillón donde me siento cada semana a escribir artículos como este. Donde me pongo a imaginar, a aprender sobre el mundo, a entregarme a la causa de que puedo cambiarlo desde la palabra, a perderme en mi mente.

Cuando tenía quince años tuve un profesor maravilloso de historia que me prometió que algún día me iba a importar más hablar de lo que estudiábamos en clase que cualquier otro tema de esos que en la adolescencia uno juzga trascendental. Por supuesto yo lo subestimé, pero al final del año escolar tenía más ganas de hablar de Ana Bolena y Enrique VIII que de cualquier otra cosa. Me enamoré de la política, de los sistemas de gobierno, soñaba con ser algún día profesora de historia y de allí brincar a Secretario General de la ONU.

Claro que después vino la realidad. Empecé a estudiar derecho porque pensé que eso me llevaría a un camino profesional más práctico. El tiempo fue pasando y no solo me di cuenta que algo me faltaba en la carrera, sino que Chávez ganó las elecciones y aunque muchísima gente no se dio cuenta, ese día de diciembre todo se derrumbó. Con ese proceso electoral aprendí que cada quien tiene su verdad y que hay gente que necesita creer hasta el punto de obnubilarse. También aprendí que las emociones son malas consejeras en política y que es más fácil mentir de lo que parece. El discurso de Chávez fue una receta clásica de resentimiento, de división, de deshumanización, una promesa populista que jamás escondió las intenciones de hacer de Venezuela lo que es ahora: un narcoestado, totalitario, donde no hay ningún tipo de libertades, y donde la violencia llega de tantas formas que resultaría demasiado extenso enumerarlas aquí.

Venezuela se fue sumiendo en su tragedia lenta y dolorosamente. Fuimos perdiendo el país cada vez con una excusa distinta que nos arrancaba un poquito de libertad y de democracia en nombre de una supuesta revolución, que no era otra cosa que la destrucción de un país que no era perfecto, que merecía que lo mejoraran pero jamás que acabaran con él como lo hicieron.

Chávez concentró el poder alrededor de la presidencia, encarceló disidentes, cerró medios de comunicación, promovió la violencia, armó paramilitares, hablaba de un amor supuesto a un pueblo pero todas las medidas que tomó estuvieron destinadas a esclavizar a la gente y convertirlos en parásitos del Estado y ninguna a darle las herramientas para que pudieran surgir por sí mismos. Mientras tanto el que pensara distinto era deshumanizado desde la palabra, luego desde el trato, para evolucionar hasta que hoy en día lleguemos a tener las gravísimas violaciones sistemáticas de derechos humanos.

El fenómeno Venezuela podría parecer un caso aislado, pero la historia aunque no se repite nos demuestra lo vulnerables que somos cuando dejamos que el poder caiga en manos de quienes tienen como único proyecto perpetuarse en él. El oficio del político está cada día más devaluado, pero lo más preocupante es lo mucho que necesitamos hombres para que asuman la conducción de los gobiernos desde una nueva perspectiva, de construcción, de inclusión, de valores democráticos que construyan países en los que se garantice la libertad y el desarrollo de los seres humanos. Los tiranos toman el poder cuando la gente les deja el camino libre. Lo sé por experiencia, y es por eso que hoy los venezolanos votamos. Es una forma de ir a recobrar la libertad que nos arrebataron.

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