Jorge Ramos
Columnista

Jorge Ramos

Publicado el 01 de diciembre de 2016

SOBREVIVIR AL DICTADOR

Desde que vine a vivir a Miami en 1986, he oído muchas veces de la muerte del dictador Fidel Castro. De hecho, en esta ciudad mataban a Fidel dos o tres veces al año. En innumerables ocasiones recibí llamadas y textos avisándome de su muerte. Todas fueron falsas. Menos la última.

Al principio corría al estudio de televisión de Univision para estar preparado ante el anuncio de su muerte. Pero conforme pasaban los años comprendí que se trataba de un ejercicio inútil. Las noticias de su muerte, para repetir a Mark Twain, siempre eran exageradas. Fueron casi 58 años con Fidel en el poder en Cuba.

Lo conocí una sola vez, y recuerdo sus uñas largas sobre mi hombro izquierdo. Corría el año 1991, había caído el muro de Berlín, se desmoronaban los países comunistas y se realizaba en Guadalajara, México, la primera Cumbre Iberoamericana. Lo agarré saliendo de su cuarto de hotel y hablé con él solo 63 segundos. (Aquí está esa vieja entrevista: bit.ly/2gKhS2B.)

Mientras Fidel me trataba de abrazar y yo me alejaba de su brazo-pulpo, le pregunté si había llegado el momento de dejar el poder. “Muchos creen que este es el momento para que usted pida un plebiscito”, le dije. Me contestó que nadie tenía el derecho de reclamarle algo así a Cuba y, de pronto, uno de sus guardaespaldas me empujó, perdí el balance y Fidel siguió caminando sin voltear. Fue todo.

Fidel era un brutal dictador. Ordenaba ejecuciones de opositores, mantenía prisioneros políticos, violaba sistemáticamente los derechos humanos, evitaba siempre elecciones multipartidistas, censuraba brutalmente a la prensa y tenía un control absoluto de todos los rincones de la isla. Fidel era un perverso en la aplicación de la violencia. Por eso hoy no podemos presentarlo como un héroe. No lo era.

Durante años le preguntaba a muchos presidentes latinoamericanos si, para ellos, Fidel era un dictador. Muy pocos se atrevieron a decírmelo en cámara. Le tenían miedo y respeto, y siempre le admiraron su resistencia frente a Estados Unidos. Solo en privado criticaban las gravísimas faltas de libertades en Cuba.

Pero en realidad, no me interesa hablar del dictador sino de sus millones de víctimas. He sido testigo durante tres décadas del sufrimiento del exilio cubano. Tengo muchos amigos cubanos. Trabajo con ellos; son mis vecinos. Conozco íntimamente sus historias, sus huidas y cómo se reinventaron en Estados Unidos luego de perderlo todo.

Los cuatro abuelos de mis dos hijos, Paola y Nicolás, tuvieron que huir de la dictadura cubana. Una vez —durante la visita del papa Juan Pablo II y antes de que me quitaran la visa para ir a Cuba— pude visitar los barrios que caminaron y tratar de imaginarme la vida que dejaron atrás. Por eso, cuando escucho la facilidad con que critican a los exiliados cubanos en otros países, me parece que es una terrible crueldad y una enorme falta de conocimiento. ¿Por qué esa doble moral con el régimen de los Castro? Fidel ha sido tan asesino o más que Augusto Pinochet en Chile y, sin embargo, nunca recibió el rechazo internacional que tuvo Pinochet.

Cuba ha sido por casi seis décadas —y sigue siendo— una de las dictaduras más despiadadas del mundo. Entiendo, sin duda, el efecto negativo que el embargo estadounidense haya podido tener entre la mayoría de los cubanos. Pero no hay ninguna justificación para que Cuba sea una de las naciones más represivas y menos conectadas a la internet. Por algo los balseros cubanos siguen llegando por miles a las costas de la Florida.

No sé si habrá castrismo sin Fidel Castro. El régimen autoritario de Venezuela ha demostrado, tristemente, que puede haber chavismo sin Hugo Chávez. Lo mismo podría ocurrir en la isla. Hasta ahora el dictador suplente desde el 2008, Raúl Castro, no ha dado ninguna señal de cambio democrático a pesar de la apertura diplomática con el presidente Barack Obama.

Es posible que la muerte de Fidel no cambie nada en Cuba. Pero sé que entre mis amigos exiliados hay una serena sensación de victoria. No diría que es una alegría desenfrenada. Después de todo, han sufrido mucho. Pero sí es el honor y la dignidad que da el haberse enfrentado y sobrevivido al dictador.

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