Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 25 de julio de 2018

Striptease en el congreso

Desde el siglo XIX, los escándalos han sido inherentes al funcionamiento del Congreso de Colombia. Hacen parte de su paisaje. Obedecen a su razón de ser y de operar.

La elección de José Hilario López –cuatrienio de 1849 a 1853– se dio en medio de un zafarrancho monumental. Las barras amaestradas para ejercer la violencia, amenazaban a quienes se oponían a su elección que se hizo por el Congreso. Los dos candidatos conservadores que le disputaban la presidencia, José Joaquín Gori y Rufino Cuervo, se vieron apabullados y aplastados por las amenazas de sus opositores. En medio de la zambra y de los cuchillos, Mariano Ospina Rodríguez gritó su voto por José Hilario “para que no asesinaran al Congreso”. Un antioqueño, José María Martínez Pardo, en un acto de temeridad y valor, anunció a voz en cuello que votaría contra José Hilario, así lo asesinaran. Al final de cuentas, se impuso la violencia sobre la razón y López salió elegido presidente.

Entre los años de 1947 y 1949, el Congreso fue una tea encendida. Era la época de la violencia partidista. Conservadores y liberales se partían el pecho en plazas y Parlamento. La oratoria era desafiante y las injurias recíprocas. Llegó a tales niveles la agresividad que en la Cámara de Representantes se echaron bala dos congresistas de Boyacá, acción en que llevó la peor parte el liberal que cayó segado por las balas azules del revolver godo. El general retirado Amadeo Rodríguez vació sus pistolas contra sus oponentes y dejó herido de muerte a Jorge Soto del Corral, brillante ministro de Hacienda en el gobierno de López Pumarejo.

El Frente Nacional fue el paliativo para calmar los ánimos efervescentes de rojos y azules en el Congreso. La calma duró 12 años. Se rompió en 1970 con la llegada masiva a Cámara y Senado de los picapleitos contingentes anapistas, formados en su mayor parte por briosos oficiales retirados de las Fuerzas Armadas y uno que otro “pájaro” salido de las jaulas de la violencia partidista de años anteriores.

En la instalación de las sesiones de la Cámara, el 20 de julio de 1970, ante las agresiones verbales de oradores rojaspinillistas contra el presidente Carlos Lleras, irrumpió con violencia la fuerza pública. El saldo alto de contusos, heridos por las culatas de la guardia pretoriana fue considerable. Meses más tarde, dos anapistas en pleno recinto de la plenaria de la Cámara desenfundaron sus revólveres y se dispararon. Gracias a su mala puntería, hoy los sobrevivientes de esta tragicomedia, pueden contar este episodio como parte de la picaresca política colombiana.

Ahora el escándalo con Mockus no es de violencia física, ni verbal, sino de acto poco decente de quien se proclama adalid del civismo y del buen ejemplo. Se mostró al desnudo, tal cual es, es decir, extravagante y pantallero. Pero su streptease es comprensible en un circo en donde faltaba el payaso. Por eso nos parece inocuo sancionarlo, porque es hacerlo víctima de un acto que resulta caricaturesco frente a lo grave que allí ha ocurrido.

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