P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 13 de octubre de 2017

Teresa de Jesús

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), cuya fiesta celebramos el 15 de octubre, es un ser humano singularísimo por su condición armónica del todo en la nada, de la grandeza en la pequeñez, de lo divino en lo humano, que siempre sorprenderá al lector.

Lectora apasionada, hizo de la lectura el secreto de su existencia, hasta el punto de que cuando la Inquisición prohibió los libros religiosos en español, ella descubrió el libro vivo, su Majestad, como llama al Creador con una palabra de ternura infinita. “¡Bendito sea tal libro que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar!” La delicia su lenguaje arcaico.

Uno de los grandes escritores del siglo de oro de la lengua española, cuyo distintivo consistió en hablar de lo inefable en el lenguaje familiar de “las viejas castellanas sentadas junto al fuego”, proeza casi inimitable de escribir como hablaba. Armonía de cuerpo y alma, transparencia afectiva y sinceridad en contar lo vivido constituyen toda una proeza, fuente de inspiración y gratitud sin fin.

Teresa es un derroche de armonía que acompasa sin tregua tierra y cielo, tiempo y eternidad, hombre y Dios, cuya riqueza interior hace de la palabra vehículo inimitable de comunicación, portento digno de toda admiración.

El genio de la lengua castellana fue para esta mujer instinto purísimo, pues escribía con la velocidad de un notario, robándole tiempo al sueño porque en el día los negocios absorbían su atención, como lo indican sus cartas, entre quince y veinticinco mil, a veces ocho en un día, todas de negocios de fundadora.

Teresa es un testigo asombroso de la dulzura y generosidad del corazón divino. “Por ruines e imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba mejorando y perfeccionando y dando valor, y los males y pecados luego los escondía [...] Dora las culpas”. La golosina que enloquece al lector.

Con el instinto del genio de la lengua, Teresa cuenta cómo acontece Dios en la trama de su vida cotidiana, haciendo de la frase pura canción de cuna.

“Me era gran deleite considerar ser mi alma un huerto y al Señor que se paseaba en él. Suplicábale aumentase el olor de las florecitas de virtudes que comenzaban, a lo que parecía, a querer salir y que fuese para su gloria y las sustentase, pues yo no quería nada para mí, y cortase las que quisiese, que ya sabía habían de salir mejores”.

Para Teresa, el paraíso es, no invención de la fantasía, sino infinito deleite de amor.

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