David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 06 de marzo de 2018

Todos los infiernos al mismo tiempo

Son las historias de la muerte sobre la muerte y la sangre en todas las esquinas y los bombardeos que no paran. Son los niños mutilados y sus padres que, mientras intentan salvarlos, caen por las balas y dejan una fila interminable de huérfanos que ya no tienen ni tierra, ni familia; que no conocen más mundo que los edificios en ruinas cañoneados una y otra vez y luego las salas polvorientas de los hospitales derruidos, con médicos delirantes por una labor en la que entregan sus almas.

Son las Organizaciones No Gubernamentales buscando la humanidad en medio de ese laboratorio de locura sin sacar en limpio nada, sin tener aliento ni respiro, sin entender por qué ahora todo es una cuenta de restas, de sustracciones, donde lo único que suma son las cifras de asesinatos y de más sangre y de más huérfanos y de más mutilados.

Son siete años de guerra en Siria, con más de medio millón de muertos y casi dos millones de heridos. Con más de cinco millones de desplazados que se escabullen por tierra y mar para encontrar refugio como parias en naciones vecinas que los desprecian y en potencias militares que, mientras los exprimen, los aborrecen.

Son mil niños asesinados en lo que va de este acelerado 2018. Un millar. Un número que no cabe en la cabeza si hasta hace un parpadeo estábamos despidiendo diciembre. Son los discursos inocuos de apaciguamiento de los mismos que luego ordenan los disparos y la política real que asquea y explota en la cara de todos aquellos que pretenden hacerse una idea de tamaña desgracia.

Son Estados Unidos y Rusia y Turquía e Israel e Irán, tomando posiciones y aplaudiendo sus triunfos inocuos que tienen a este polvorín como el botón de salida para un conflicto regional.

Son las Naciones Unidas alzando las manos para avisar que esta guerra que parecía menguada no hace más que escalar y comprometer a la región entera. Que, en momentos de tensión mundial, puede ser Siria la que desate el enfrentamiento último entre unas potencias orgullosas de sus nuevos misiles como si viviéramos viejos tiempos superados.

Como si hubiéramos dormido anoche para despertarnos ayer, con renovados aires de guerra fría y teléfonos rojos inservibles. Son todos los infiernos que se han desatado al mismo tiempo y aun así importan poco, porque desaparecen cuando apagamos el televisor.

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