Alberto Salcedo Ramos
Columnista

Alberto Salcedo Ramos

Publicado el 26 de julio de 2015

Todos somos héroes

Esta semana un suceso colombiano ingresó a los Récord Guiness: en Cartagena fue elaborado el coctel de Camarón más grande del mundo. Preparado dentro de una copa de acrílico de tres metros de alto, el manjar tuvo un peso certificado de 1.320 kilos.

La noticia fue difundida con amplitud de detalles: en el gigantesco coctel se emplearon mil kilos de camarón, trescientos de ajo, quinientos cincuenta de salsa de tomate y sesenta de verduras. Varios protagonistas del acontecimiento –ostreros callejeros que ejercen su labor bajo el inclemente sol de Cartagena y que nunca antes le habían interesado a la prensa– fueron exaltados.

El fanatismo por este tipo de marcas es una nueva forma de religión. Hoy las bendiciones se imparten desde la báscula, en un templo donde el símbolo de consagración es la cinta métrica. Todo se mide, todo se pesa. Cualquier acto o cualquier rasgo extravagante pueden ser registrados como una proeza. Si tuviste en la adolescencia un acné severo que te dejó secuelas, no te acomplejes: compite por el rostro con más granulación del planeta, ¡y ya está!

También puedes dedicarte durante años a dejarte crecer las uñas o el pelo, o a rellenarte la panza de perforaciones. Cualquier distintivo, grato o ingrato, sirve, así que por nada del mundo vayas a rasurarte esos vellos largos que te han brotado en las orejas. Por tal peculiaridad, aunque sea repulsiva, los nuevos pontífices podrían decretarte una temporada en el paraíso.

Hazle un peinado afro a tus cejas tupidas, sácale una cresta de un metro a tu pelo rebelde. Si aún así no ganas nada, hay más opciones: convence a cuatrocientos tipos de que se desnuden y se monten contigo en una montaña rusa, o busca patrocinadores que te obsequien una paila gigante. En ella podrías cocinar, por ejemplo, el guiso de papas más grande del mundo.

Estamos, ya dije, ante una nueva forma de fanatismo. Para los miembros de esta secta el libro de los Récord Guiness viene a ser un texto de culto como la Biblia para los evangélicos.

También estamos ante una manera ilusoria de humanizar las hazañas. No cualquiera puede bailar como Rudolf Nureyeb, ni dar un puñetazo como Mike Tyson, ni correr como Usain Bolt, ni tocar la trompeta como Louis Armstrong, ni saltar como Serguéi Bubka. Al crear esta nueva Gloria de chatarra los laureles quedan al alcance de todos los mortales.

El culto por las proezas exóticas pretende convencernos de que la realidad es tan asombrosa como la ficción. ¿Para qué perder tiempo buscando a un galán rudo en el cine, si tu vecino resultó ser un nuevo héroe que conquistó el récord del eructo más potente? Obsérvalo a él, descubre los pormenores de su encanto inesperado.

Hoy todos somos héroes, no importa que eso apenas dure el fugaz cuarto de hora al que se refería Andy Warhol.

Uno desconfía de estos fabricantes de héroes desechables, pero luego, con la mano en el corazón, admite que gracias a ellos la sociedad les presta atención a ciertos ciudadanos desahuciados.

Acabamos de verlo por enésima ocasión: a los ostreros de Cartagena nadie se los tomó en serio cuando hablaron de sus problemas –la falta de seguridad social, las condiciones difíciles en que realizan su trabajo–, sino cuando demostraron su capacidad de engranar en el espectáculo.

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