Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 13 de marzo de 2018

Totalitarismo

Totalitarismo. Qué palabra tan incómoda. La historia muestra que todo aquello que se ha manejado así -regímenes religiosos recalcitrantes, ideologías políticas, absurdos de poder o en megalomanías- sale mal.

El periódico El País de España publicó por estos días un artículo titulado “Los jóvenes iraníes tiran la toalla y optan por emigrar”, que da cuenta de cómo la pérdida de toda esperanza es la puerta a la libertad. Más de un millón de jóvenes iraníes han solicitado en el último año visado permanente a Canadá y Australia, sin contar los que se han ido a países cercanos como Turquía. Otros, han terminado en países como Ecuador, porque no les exigen visa y muchos han arrojado su vida al garete de los viajes ilegales.

Algo similar sucede en Venezuela. La estupidez del embeleco bolivariano tiene a los jóvenes en la misma situación que los iraníes. Hace un tiempo, durante un viaje a nueva York, conversaba con un amigo en una cafetería sobre la situación de Colombia. Un mesero, escuchándonos, me dijo: “soy venezolano, puedo preguntarte algo: ¿cómo ven ustedes a mi país?”. “Mal, en una situación que da tristeza”, le respondí. “La única esperanza que nos queda es que los jóvenes no se cansen más de lo que están”, dijo. Pedí que me explicara un poco más y resumió todo diciéndome que él conoció dos países, el primero en libertad, y el segundo en opresión por culpa de don Hugo y su lacayo Maduro. “Los jóvenes de hoy conocen el lado horrible de la historia. No saben qué es la libertad y se están yendo del país”, concluyó.

La historia ha sido benévola con Colombia y no la ha puesto a la par de Irán o Venezuela, donde el totalitarismo hace desastres estructurales, difíciles de corregir. Aquí, el sentido democrático pesa más, sin embargo, hay un lobo acechando: el influjo populista, ese mismo que ha revolcado muchos países de América Latina, metiéndolos en un caos social. Ese influjo, tristemente, gana incautos, esos mismos que gaguean a la hora de argumentar por qué se dejan envolver de ese discurso trasnochado.

Este país es muy valioso para que su sentido democrático cambie su espíritu popular por populista. Ahí hay una gran diferencia. En el primero, la gente decide, controvierte, exige. En el segundo, se deja llevar por demagogos que le meten ideología a todo y que hipnotizan con retórica resentida. Garantizar que Colombia siga por el camino democrático, pues sencillamente es evitar que no haya una diáspora a futuro de jóvenes como los iraníes y los venezolanos, que huyen del totalitarismo para sentir el fresquito de la libertad.

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