Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 13 de junio de 2018

Trae tu mano

Ante todo es apremiante cuidar la concordia. Esta palabra proviene de ‘corazón’ y significa conservar el tono de bombeo sanguíneo en flujo parecido al del vecino. Los vecinos somos quienes moramos en la misma sociedad, país, mundo, planeta. Detengámonos aquí, pues añadir al universo parecería desmesura.

No es metáfora hablar de ‘semejantes’ para aludir al conjunto de los vecinos. Los humanos estamos atravesados por una misma chispa llamada vida. Eso nos asemeja y nos inviste de idéntica dignidad, es decir, valía. Detengámonos aquí, pues añadir al resto de los seres vivos, como lo grita Coetzee, desbordaría los caracteres de una columna de prensa.

El problema es que somos campeones en hacer trizas la concordia. Por tanto en malquistar unos corazones contra otros. La tropa de cincuenta millones de colombianos lleva varios siglos expulsando el bombeo del cuerpo de los semejantes, en vez de preservar el flujo armónico de las sangres en las venas.

En los últimos meses, semanas, días, la confusión de ritmos y de tonos se ha incrementado en grado capital. La política entró con un cuchillo y partió en dos la suma de esos millones de ciudadanos.

Detrás de la política se agazapan el dinero, los contratos, las posiciones burocráticas, el elenco de las vanidades, las ganas de pasar a la historia. Es así como media nación blasfema en contra de la otra media.

En lugar de alinear escuadrones frente a frente, como en las películas de guerra, la discordia muerde las íntimas células sociales. Hermanos contra cuñadas, abuelos contra esposos de sus nietas, contertulios de toda la vida contra amigos de la infancia.

De esta manera arisca es imposible que sobreviva un conglomerado. No importa quién mande, la trifulca continuará avinagrando los sueños y apelmazando los brazos que antes extendían puentes.

Por eso la tarea impostergable es estrechar la concordia, aguzar el sentido de semejanza. Permitir las diferencias para reírse de ellas. Recordar los momentos en que una mano dio caricia con conciencia y ganas de agigantar una querencia. La mano de la madre que es infalible o la mano de un amor que marca hasta la otra vida.

O las manos de Gonzalo Arango: “Una mano/ más una mano/ no son dos manos/ son manos unidas/ une tu mano/ a nuestras manos/ para que el mundo no esté/ en pocas manos/ sino en todas las manos”.

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