Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 10 de septiembre de 2018

Tres instituciones y su tatuaje desvaído en la piel del país

Colombia es testigo de excepción de la crisis de tres instituciones que han sido soporte de su vida republicana: los partidos políticos, la Iglesia Católica y la Policía Nacional. Los primeros, con Liberales y Conservadores a la cabeza, dispersos en un espectro de intereses personales y mezquinos, y en la dinámica acomodadiza propia de su pobreza ideológica y ética. La segunda, contaminada por los escándalos sexuales de pederastia y homosexualidad bajo sus sotanas. Y la tercera, ensuciada por la corrupción y los abusos, pero sobre todo muy distante del sentir, los reclamos y los valores ciudadanos.

Los políticos tradicionales y sus neomovimientos para ampliar el portafolio de votantes (La U, Cambio Radical...) acaban de fundirse en un abrazo zalamero para concederle la mayoría parlamentaria al Gobierno, a cambio de las prebendas de siempre: puestos, mermelada y un estatismo legal que garantice sus privilegios y que mantenga a raya cualquier posibilidad real de que se combata, con mano dura, la corrupción política.

Dos sacerdotes colombianos, en un episodio más de Miami Vice, acaban de ser descubiertos por la Policía dentro de un automóvil escarabajo en una sesión de juegos orales a menos de 200 metros de un parque infantil. La Policía les tuvo que golpear el vidrio para que frenaran aquella escena de paroxismo cuasi público. Entre tanto, las sanciones firmes y efectivas a los curas involucrados en escándalos con menores en el país siguen bien paradas. Cristo bendito, perdónalos porque ellos sí saben lo que hacen.

Ahora la Policía Nacional, representada por el puño y letra de uno de sus altos oficiales, el coronel Pablo Antonio Criollo, acaba de sentenciar que los jóvenes que se tatúan el cuerpo tienen una indiscutida identidad con la vagancia, la drogadicción, el libertinaje y el desempleo.

Eso sí, precisa la reflexión de este Criollo, se trata de los muchachos de “los barrios marginales”, no los de La Cabrera, en Bogotá, o de El Campestre, en Medellín, o de Santa Teresita Oeste, en Cali. A los actos comunitarios de la institución y a la interacción policía-ciudadanía, debido a variables como “la posición social y la edad”, no les caen bien la presencia y cercanía de jóvenes tatuados de las barriadas.

La Policía, necesitada como está hoy de la credibilidad y del afecto de la gente de a pie, levanta barreras discursivas y cree que sus obligaciones constitucionales riñen con esos vagos manchados de marginalidad de las esquinas y los callejones populares.

Políticos, Clero y Policía cuyo tatuaje está cada vez más borrado del corazón y del cuerpo social del país.

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