Manuela Zárate
Columnista

Manuela Zárate

Publicado el 20 de marzo de 2017

Un árbol, un libro, un hijo

Dicen que para estar completo en la vida hay que sembrar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. No sé quién acuñó la frase, ni en qué contexto lo hizo, pero las tres cosas nos perpetúan, nos convierten en creadores de la naturaleza, del intelecto, de los hombres. La más compleja, sin duda, es tener un hijo, porque implica desdoblarnos sobre nosotros mismos, dejarnos ir y enfrentarnos a nuestros principios y valores como seres humanos. Requiere de la fuerza de todo nuestro instinto y del ejercicio de nuestra razón. A través de los hijos nos enfrentamos en gran medida a lo que significa ser humano. Es por ello que convertirse en padre es una revolución personal tan grande.

En primer lugar, cuando te conviertes en padre o madre nos enfrentamos no solo a cambios emocionales, sino que la transformación es también física. Más allá de los cambios obvios en las mujeres, cuyos cuerpos realmente se deforman hay todo un cambio de estilo de vida. Se altera nuestra forma de dormir, de comer, hasta de caminar. Se establece en nuestra vida un nuevo concepto de tiempo. El mismo proceso de espera te obliga a reconsiderar el tiempo. Las horas, los días, los meses, adquieren un nuevo significado. Se aceleran y se frenan constantemente y de pronto vez cómo la vida se hace, se estanca, se desarrolla frente a ti. Lo que antes era obvio pasa a ser casi mágico y se altera toda nuestra perspectiva de la vida.

Frente a los hijos uno adquiere una nueva sensibilidad. Estar atados a un ser humano con un lazo biológico, único e irrepetible es una experiencia que una vez que dejamos la genética y la medicina solo puede ser explicada de forma poética. El poeta venezolano Andrés Eloy Blanco acuñó la frase de que cuando tienes un hijo tienes todos los hijos del mundo, porque para quienes hemos sido padres hay una empatía universal, casi animal, que genera en nuestro corazón una conexión instantánea, una compresión de la vida a la que es casi imposible llegar a través de la razón.

Sin embargo, no todos los padres llegan a ese estado y ciertamente aunque uno asuma la transformación desde un espectro tan profundo también llega uno a sentirse abrumado. Porque después de todo la vida la vivimos solos en nuestro cuerpo y alma e inevitablemente llega el momento de aceptar que dimos la vida a nuestros hijos no para quedarnos con ella, sino para entregarla, y esa renuncia es el acto de sacrificio más grande al que se tiene que someter una persona.

Como tantas cosas en el mundo de hoy la paternidad y la maternidad están sometidas a estereotipos, a modas. Cada quien siente que su modo de aproximarse es el mejor. Desde las teorías de cuándo, cuánto tiempo y cómo se debe ejercer la lactancia hasta la disciplina y las dosis de amor que expresar a nuestros hijos. Como padres recibimos más lecciones que nuestros niños, desde las abuelas, las suegras, ahora los gurús de maternidad, las revistas especializadas, los grupos de WhatsApp.

Hay una proliferación de gente que pretende decirnos cómo asumir nuestra maternidad. Incluso, que consciente o inconscientemente trata de sembrar en nosotros un miedo al fracaso, a la desilusión, como si la vida no fuese una cadena constante de intentos, de aciertos y desaciertos inevitables. Callar el ruido de esas opiniones y aprender a escuchar nuestro corazón y a conectarlo con la razón es quizás el único consejo que vale la pena en maternidad. Lo demás son detalles, porque al final del día nadie en el mundo sabe lo que es llevar nuestros zapatos, ni conoce mejor a nuestros hijos.

Es de pronto, un día cualquiera, entre abrazos y momentos de insomnio que nos damos cuenta que hay algo que no encontramos ni sembrando el árbol, ni escribiendo el libro, es algo que supera todo y da sentido a todo. Que se lleva por delante la lógica, incluso la culpa. Es es un amor infinito, inabarcable e incomparable. Un amor que no se llega a sentir automáticamente, sino que se construye, se aprende, que hay que dejar fluir y que permite que pasen sobre nosotros la culpa, el remordimiento y el resentimiento que pueda dejar la renuncia o el sacrificio cuando él fluye sobre nosotros. Amor que nos hace infinitos

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