David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 21 de agosto de 2018

Un cuento sin principios

Vamos a contar la historia de tres almas irreconciliables. Tres políticos que gobernaron este país y construyeron, desde la Casa de Nariño y luego fuera de ella, los mayores fortines clientelistas mientras convertían el agravio en su estrategia para mantener el poder. César Gaviria Trujillo, rojo. Andrés Pastrana Arango, azul. Álvaro Uribe Vélez, rojo que a punta de mano derecha se volvió del más puro azul. Los tres destrozándose sin piedad a lo largo de casi tres décadas para definirse, ideológica y programáticamente, a partir de la diferenciación entre ellos.

Gaviria, por ejemplo, consideró en su momento que Uribe tenía las maneras de los caudillos del siglo XIX y los dictadores del XX. Se opuso con fiereza, desde los maltrechos toldos del liberalismo, al segundo mandato de Uribe y, después, con Santos como presidente, hizo todo lo posible para encarnar en el antioqueño las desgracias de las posturas contrarias al proceso de paz con las Farc. Es un mentiroso, dijo Gaviria refiriéndose al del Centro Democrático y, en alguna ocasión, hizo de gallo de pelea para gritarle en ausencia que no le temía. Que, respecto a los debates, con Uribe “donde quiera y cuando quiera”.

El delfín Pastrana repartió también lo suyo contra Uribe. Lo acusaba de ser un hombre que no le daba oportunidades a la paz. Que como expresidentes ambos, mientras a sus viejos asesores los llamaban para ser ministros, a los de Uribe los llamaban a indagatoria. Que nunca, nunca, lo verían de la mano con él, pues dirigía un partido en cuya lista estaba el primo de su secuestrador.

Uribe, por supuesto, repartió los insultos más subidos de tono. Al liberal lo acusó de ser un aprovechado de la herencia de Luis Carlos Galán y un cogobernante con criminales. Creador de los Pepes. A Pastrana le reprochó el Caguán y lo acusó de abrazos faranduleros con las Farc. Fue justamente su oposición radical al gobierno pastranista y a aquellos diálogos lo que le permitió ganar las elecciones de 2002. Lo acusó de hundir a Colombia en una segunda Patria Boba.

Pero los imposibles son apenas escollos en nuestra realidad política. Los odios, cuando hay poder, se transforman en amores. El jueves pasado se reunieron los tres enemigos y se tomaron una foto. Satisfechos. Amigos de nuevo a pesar de los insultos y las desconfianzas. Es evidente que más que de principios, son hombres de finales.

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