The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 08 de septiembre de 2018

Un día, hace 20 años, mi vida cambió

Por JENNIFER FINNEY BOYLAN
redaccion@elcolombiano.com.co

Yo ya había tocado el tema de asuntos de género con mi amada, y ella sabía que yo estaba luchando con eso, tratando de expresarme una y otra vez, sin entrar en una total transición. No quería hacerle daño, ni a nuestros hijos, ni a las otras personas que amo. En ese entonces, la idea de salir del clóset como transgénero parecía imposible para mí. Pensé que esa vida sólo prometía mortificación y pérdida, posiblemente incluso violencia.

También sentí que esta era mi labor como hombre: soportar en silencio todo tipo de pesos para proteger a las personas que amo. Me vi a mi mismo como su armadura. Era un trabajo que alegremente cargué, aunque algunas veces sufrí por ello.

Vivimos en Irlanda desde 1998 hasta 1999, en un apartamento pequeño en Cork. Era una buena vida. Íbamos a comprar salmón en el amplio Mercado Inglés en el centro, hacíamos pan, llevábamos a los niños a preescolar. Escuchábamos mucha música y bebíamos muchas pintas de Murphy’s y era maravilloso.

Luego, un día, accidentalmente tumbé una copa de vino de la mesa, y se quebró en el piso de la cocina. Barrí los pedazos.

Uno o dos días después, alguien tocó el timbre, y corrí a ver quién era. Cuando lo hice, debí haber pisado una astilla de esa copa rota con el talón. Sentí el dolor cuando perforó mi talón izquierdo.

Durante la semana siguiente, caminé por todo Cork con esa pequeña astilla en el talón. No recuerdo si no pensé que realmente había vidrio en mi pie o si creía que se iba a remover solo, o qué. Pero poco a poco comenzó a doler más y más y más.

Finalmente, me di cuenta de que no podía seguir fingiendo que no estaba allí. Así que fui a la sala de emergencias del Hospital de la Universidad de Cork, una institución extrañamente decrépita, dada la prosperidad de Irlanda en ese momento. Recuerdo charcos de sangre en el piso.

Pasó mucho tiempo antes de que alguien me atendiera. Luego, los miembros del personal me llevaron a un quirófano y me pincharon el pie con analgésicos, aunque no suficientes. Durante 10.000 años, buscaron la astilla en mi talón mientras yo gritaba ahí acostado. Por fin la encontraron.

Mi esposa estaba allí cuando terminé, y ella me tomó en sus brazos, y me llevó al boticario para obtener una receta médica después del procedimiento. Esperé en el auto, un Opel gris, mientras ella entraba a llenar la fórmula.

Cuando ella volvió al carro, me encontró sollozando. Era lo más fuertemente que yo había llorado en mi vida. Me cargó mientras yo lloraba y temblaba.

Creo que en ese momento yo me estaba dando cuenta de que mi vida entera había sido así. Durante años había caminado con algo que me perforaba hasta el alma, y yo había hecho de cuenta que todo estaba bien, porque pensé que tenía que hacerlo.

Pero no estaba bien, y yo finalmente había alcanzado los límites de mi habilidad de fingir. Yo tenía que llegar a un punto donde ya no sentía dolor. Tenía que dejar de ser el que siempre estaba protegiendo a otros, y ser el que es cuidado.

Yo no comenzaría mi transición hasta unos nueve meses después, cuando volvimos a los Estados Unidos. Pero cuando miro hacia atrás, ese fue el día que me rompí como una copa. Ese fue el día que me di cuenta que no podía dar un paso más.

Yo tenía 40 años en ese entonces. Las personas con frecuencia le preguntan a quienes están en transición, ¿por qué ahora, después de todo este tiempo? ¿Qué tipo de mujer cree que puede ser, después de perder su niñez y adolescencia? Pero esas no son las preguntas que uno debería hacer.

La pregunta es, ¿cómo logró aguantar tanto tiempo? ¿Qué le permitió seguir cargando con su secreto, caminando con una astilla enterrada en el pie, por todos esos años?

Esta historia puede ser menos sobre cómo salir como trans que encontrar el coraje para hacer algo difícil, incluso si ya no eres joven, incluso si no sabes cómo. Las personas trans seguramente no son las únicas que se preguntan cómo cerrar la brecha entre las personas que sienten que tienen que fingir ser y su ser auténtico.

Individuos que llegan a momentos tan profundos y difíciles no merecen ser interrogados y burlados y ridiculizado. Cuando se trata de gente trans, no merecemos escritos como “¿Qué constituye a una mujer?” No merecemos a los crueles e ignorantes diciéndonos que saben mejor que nosotros quiénes somos.

Las personas que llegan a este momento merecen ser abrazados por los brazos de alguien. Ser amados y protegidos. Ser admirados por la carga que tratan de llevar para proteger a otros. Y que su coraje sea celebrado.

Nunca es demasiado tarde para vivir su vida.

Porque entre varios ojos vemos más, queremos construir una mejor web para ustedes. Los invitamos a reportar errores de contenido, ortografía, puntuación y otras que consideren pertinentes. (*)

 
¿CUÁL ES EL ERROR?*
 
¿CÓMO LO ESCRIBIRÍA USTED?
 
INGRESE SUS DATOS PERSONALES *
 
Correo electrónico
 
Acepto términos y condiciones
LOS CAMPOS MARCADOS CON * SON OBLIGATORIOS

Datos extra, información confidencial y pistas para avanzar en nuestras investigaciones. Usted puede hacer parte de la construcción de nuestro contenido. Los invitamos a ampliar la información de este tema.

 
RESERVAMOS LA IDENTIDAD DE NUESTRAS FUENTES *
 
 
INGRESE SUS DATOS PERSONALES *
 
Correo electrónico
 
Teléfono
 
Acepto términos y condiciones
LOS CAMPOS MARCADOS CON * SON OBLIGATORIOS
Otros Columnistas
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 1

    Aplausos y pitos

    $titulo

    JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

    El escritor bogotano lanza su nuevo libro Canciones para el incendio, una selección de historias sobre violencia.

    $titulo

    CRECIMIENTO DE LA MALARIA

    Antes que disminuir, el mundo tiene hoy más Malaria. Según la OMS, en 2017 hubo 219 millones de casos.