Anacristina Aristizábal Uribe
Columnista

Anacristina Aristizábal Uribe

Publicado el 05 de junio de 2018

Un huequito a la tristeza

Cada vez es más clara para mí una de las razones por la cual no fracasa este país. A pesar del miedo, la inseguridad, la violencia, el microtráfico, las pequeñas y grandes injusticias, los ignorantes que no respetan un semáforo en rojo, a pesar de todo ello, digo, y mil absurdos más que vivimos a diario y que harían fracasar cualquier sociedad, perviven todos aquellos capaces de soñar contra toda esperanza y de sostenerse contra toda imposibilidad. En este caso me refiero a la ciudadanía organizada en torno a un proyecto artístico y cultural con el que sostienen desde la base a la comunidad y sirve de apoyo, amparo, defensa, auxilio y protección en su barrio.

Es lo que viene haciendo, como muchas otras en la ciudad (por fortuna), La Polilla, una corporación que fue capaz de nacer en 1986, cuando esta ciudad ya empezaba a sentir los fragores de la descomposición que tuvo su cúspide en el narcoterrorismo. Su génesis fue el grupo juvenil parroquial “Servir”, (sí que hicieron bien esos grupos parroquiales de los años 80 y 90), en Belén Rincón, apoyado por el padre Emilio Betancur. En aquel entonces tenían el objetivo de evitar que los jóvenes cayeran en la drogadicción. Una parte de ese grupo se sostuvo y se ha transformado en lo que hoy es La Polilla, en Belén San Bernardo, a donde llegaron en 1994. De La Polilla también se han originado: el Circo Medellín, de Carlos Álvarez y la Corporación Carantoña, teatro de música y títeres.

“Una mamá trajo a su hijo obligado porque pasaba las horas enteras pegado a un dispositivo electrónico. A los 6 meses de estar en La Polilla, él mismo lo vendió porque encontró en los eventos culturales algo mejor y más enriquecedor de lo que le daba el aparato”, me cuenta su director Hader Guerra Zea, dramaturgo y clown. Allá la comunidad puede encontrar grupo de teatro, danza, café cultural y cine club; todo porque hay que insistir en el arte, por la utopía para ser felices, para mover lo estático de la mente humana: el arte es la vacuna y el contrapeso a la realidad. Como dicen ellos: quieren hacerle un huequito a la tristeza, así como las polillas le hacen un huequito a todo. Ellos son los que hacen cada año el Festival Internacional de Payasos, Mimame.

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