David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 21 de marzo de 2017

Un refugio mientras pasa la tormenta

En Colombia sabemos lo que significa cargar con el peso de un pecado original. Ser parias por décadas, culpables de delitos que no cometimos, amarrados a las historias de unos pocos que escogieron la delincuencia y quemaron el nombre del país con su apetito por el dinero fácil. Sabemos lo que es ser mirados de reojo, con desconfianza, apenas pasamos las líneas amarillas fronterizas, apenas ponemos sobre la mesa el pasaporte café. Sabemos, como pocos, la injusticia de sangrar por los estigmas ajenos.

Entendemos, también, por cientos de miles, lo que representa la dureza de la inmigración. Porque todos tenemos un amigo o una hermana o una madre que decidió buscar en otra tierra lo que aquí no encontró, lo que la violencia nos cortó a todos de tajo. El dolor de partir y destrozar las raíces. Buscar refugio en cualquier esquina.

Y las dos cosas se mezclan. El estigma y la partida. El sufrimiento de sobrevivir en lo ajeno mientras somos los sospechosos habituales.

De los destinos de refugio, América Latina fue siempre la más generosa con nosotros. Por cantidad y por trato. En algunos momentos nos dieron la mano en Venezuela y en otros en Ecuador. Otras oleadas nacionales llegaron a Panamá y otras tantas al sur, a Chile y Argentina. Fueron más los brazos abiertos que las espaldas. Así como fuimos señalados también recibimos oportunidades.

Ahora la historia ha dado un giro y es evidente un flujo contrario. Son los venezolanos los que estiran la mano para recibir ayuda del otro lado. Intentan sacar la cabeza para no ahogarse en la catástrofe económica y política que construyó el chavismo.

Porque compartimos fronteras y nuestra historia es la misma, porque sabemos lo que son los estigmas y el desarraigo, porque ellos hicieron por nosotros lo que ahora nos piden; es una obligación moral colombiana abrir los brazos de par en par. No tendríamos cara si decidimos ser hostiles o criticar su arribo, aunque por supuesto ya se escuchan algunos berridos racistas.

A los venezolanos hay que decirles que están y son bienvenidos. Qué aquí tienen esta tierra que se parece mucho a la suya, que es también la de ellos, para que luchen y se tomen el sombrero mientras pasa la tormenta.

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